El inventa todo

por Zaida

En uno de mis maravillosos y exóticos viajes llegué a parar a un pequeño pueblecito situado en la cima de la más pequeña de las montañas de la más pequeña ciudad. Allí conocí al inventor del pueblecito que curiosamente se llamaba In de nombre y Ventor de apellido, y es que allí, era un pueblo tan pequeñito tan pequeñito que solo había una sola persona por profesión así, que para que no hubiesen problemas cada uno se llamaba tal cual su trabajo. Por ejemplo, el señor Za Patero, y su señora Za Patera y su hijo Za Patito, y la señorita Pas Telera, señorita porque todavía no estaba casada. Era una mujer muy querida por todos y era tan dulce que muchos hombres estaban enamoradísimos de ella y ansiosos por probar sus estupendas golosinas como Don Li, de apellido Brero, que era el bibliotecario del pueblo y cada semana se acercaba a la pastelería y con la escusa de enseñarle el nuevo libro que le había llegado acababan tomándose un café en el bar de la señora Arera, Cam Arera.

El señor Ventor era un notable científico destacado entre todos los del pueblo, y aunque cierto es que era el único inventor nadie se veía cualificado para ni si quiera inventar la mitad de lo que ese hombre era capaz de crear en un dia. Al día era capaz de fabricar hasta 5 inventos distintos... pues al año llegaba sin problemas a los 500 inventos, y así estaba el pueblo, llenísimo hasta los topes de extraños artilugios. Tostadoras que ponían solas la mermelada a las tostadas, jardines que iban detrás de los perros en vez de ser al revés, ascensores que te llevaban hasta la puerta de tu casa aunque vivieses a 50 metros del trabajo, escaleras mecánicas que subían el doble de rápido para quienes tuviesen prisa y otras que iban muy despacio para quieres les gustaba la calma. Y la escuela también estaba plagadita de inventos. La señorita Fesora, solo tenía que hablarle a la tiza y ella lo escribía todo en la pizarra sin que doña Pro tuviese que levantarse siquiera de la silla. Y a la hora de ir al patio, las pelotas eran capaz de jugar solas.

Había un invento para todo, o dicho de otra forma, no había nada que el profesor In Ventor no hubiese creado ya.

El pueblo estaba tan contento con los inventos del señor Ventor que iban todos los días a la puerta de su casa a recoger lo que había creado de nuevo y hacerle uso enseguida.

Un día, como cualquier otro, el alcalde del pueblo y todos los vecinos se plantaron frente a la puerta del inventor esperando con entusiasmo que este saliese, y como todos los días les llenase de cosas nuevas.

El gran murmullo cesó cuando el doctor salió de su casa. Pero un griterío se apoderó del breve silencio cuando todos observaron que en las manos del profesor ¡no había nada!

Aquello fue el caos. La gente estaba alborotada. ¡Qué iban a hacer sin inventos!

- Vecinos, vecinas -comenzó a hablar el señor Al Calde - es obvio que una gran catástrofe se acerca. Don In se ha quedado sin inventos.

El señor Pa Stor fuera de sí comenzó a gritar asustado. Y envueltos por el mismo pavor comenzaron a gritar una y otra persona y dentro de nada acabaría chillando todo el pueblo. Entonces se me ocurrió algo, no me gusta involucrarme en asuntos que no me conciernen, pero tanto grito iba a provocar un terremoto!!

-Señores, calma por favor -Todos silenciaron curiosos de lo que iba a decir- Hay una solución a todos vuestros problemas. Si el profesor está falto de ideas, porqué no le ayudan ustedes? Muchas abezas iensan mejor que una. Si cada uno de ustedes le dicen lo que les apetecería tener, el doctor tendrá inventos para muchos años más.

Y así fue, la pastelera contenta gritó que porqué no inventaba un chocolate que no engordase, y el zapatero preguntó si era posible inventar unos zapatos que no se ensuciasen. La camarera, también quiso una mesa que se limpiase sola e incluso el alcalde pidió una pluma que nunca se le acabase la tinta.

Uno a uno, niños y mayores hicieron una lista tan tan tan grande, que 40 años después el profesor todavía estará inventando cosas.

Y así, todos vivieron felices y tuvieron inventos.

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