


Autor: Adrián Nebot Hernández 12 años 2003

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Hace mucho, mucho tiempo, existió un reino mágico habitado por magos, que gobernaban el universo. Era un lugar terrible que ocupaba más del tercio de las tierras existentes y que los magos usaban como campo de batalla para sus innumerables guerras. Era la época en que, el terrible Raisey, conjurando con sus hechizos a las fuerzas del mal, rescató de las profundidades de la tierra a seres fantásticos y monstruosos, y los dejó libres. Así, los magos, pudieron usar en sus batallas a los dragones rojos; dragones voladores, sobre cuyos lomos surcaban los cielos, aterrorizando a los humanos, arrasando poblados y cosechas con sus llamaradas de fuego. Nadie estaba a salvo de los encantamientos y sortilegios. Por aquí y por allá se encontraban todo tipo de animales y objetos que anteriormente habían sido personas e incluso magos, que no podían deshacer los hechizos de sus contrarios. Nada era lo que parecía ser y el miedo y la incertidumbre eran los amos del planeta. Pero todo eso fue antes de que existiese la ciudad Dorada. Creada de la nada en una sola noche, separó la historia en un “antes” y un “después” difuminando su recuerdo en el transcurrir de los años. Sus infranqueables murallas doradas (de ahí su nombre) cerraban el horizonte desde todos los puntos cardinales, y aunque muchos las conocían, pocos eran los que se atrevían a recorrer las sendas y caminos que conducían a ellas. El tiempo, o la magia (nadie sabría decirlo con exactitud) fue cubriendo las doradas piedras de las murallas con plantas de espino. Se borraron caminos y sendas por árboles enmarañados en un bosque infranqueable hasta que la ciudad fue olvidada por todos. Dejó de ser marcada en los mapas y nadie recuerda su ubicación exacta. Solo nos queda el relato de un anciano (que asegura que la historia le fue contada por su padre, y que a éste se la contó el suyo y así sucesivamente hasta el principio de los tiempos) como testimonio de que la ciudad Dorada es real, que aún existe y sigue gobernada por el más poderoso de todos los magos de la historia. Cualquiera que se siente a escuchar su historia, comprobará que comienza así...
Hace mucho, mucho tiempo, existió un reino mágico habitado por magos, que gobernaban el universo. Era un lugar terrible que ocupaba más del tercio de las tierras existentes y que los magos usaban como campo de batalla para sus innumerables guerras. Pero todo eso fue antes de que existiese la ciudad Dorada. Fue creada de la nada, en una sola noche, por el más poderoso de todos los magos de la historia. Lo llamaban simplemente “El Rey Misterioso”; su temible poder se lo otorgaba una planta legendaria, que lo hacía superior al resto de magos, sus súbditos. Cada una de las flores de la poderosa planta, tenía la propiedad de conceder un deseo a su poseedor, sean cuales fueran y por imposibles que parecieran. La fama de “El Rey Misterioso” llegaba hasta los confines de toda la tierra conocida, y gracias a sus poderes mágicos (otorgados por la planta) había conseguido imponer el orden al caos que, la guerra entre magos perversos, tenía sumido a todo el planeta desde tiempos que ya nadie lograba recordar. Consiguió reunir a todos los magos dentro de la ciudad Dorada y sellar sus murallas, manteniendo al resto del mundo a salvo de sus hechizos. Prohibió la lucha entre ellos, amenazándoles con desterrarlos a la torre neutra, donde los hechizos y sortilegios eran anulados por una flor inmortal de la planta, que coronaba la torre; Y devolvió a las grutas abismales a los dragones voladores y demás seres fantásticos que el malvado mago Raisey había soltado. Éste, fue el único de los magos que no había logrado encerrar en la cuidad Dorada, logrando escapar a lomos del dragón Oises, el único, también, al que no había conseguido devolver a su lugar de origen. La lucha entre ambos había sido encarnizada y, aunque “El Rey Misterioso”no logró rendir al malvado Raisey, sí consiguió dejarle malherido antes de que consiguiese escapar con la ayuda de Oises. Se sabe que el mago Raisey no ha perdido sus poderes y que amparado en la fuerza del más astuto de los dragones, puede volver cualquier día a reclamar el reino de la ciudad Dorada. Por ello no debe morir esta historia, y por ello hay que conocerla desde el principio... desde que “El Rey Misterioso” aún era un niño, aún se recordaba su nombre y se sabía que nació entre los mortales...
Adrián vivía en un poblado, como otro cualquiera de los muchos que estaban bajo el dominio de un poderoso mago, amo y señor de todo lo que le rodeaba. Aunque la mitad de los habitantes estaban convertidos en diversidad de objetos y animales por su señor, el mago, él encontraba siempre la parte divertida de pedirle a una cafetera dos onzas de pan, a un taburete de madera un litro de leche, o a un borrico que le herrase la mula. Cierto día, el joven Adrián, se adentró en el jardín secreto del palacio de Raisey en busca de una planta mágica que solo crecía allí. Los poderes de la planta conseguirían curar la enfermedad de su madre y, aunque los peligros de adentrarse en los dominios personales del malvado mago eran muchos, el muchacho los correría con gusto con tal de conseguir la curación de su madre y demás enfermos de la aldea. Escondiéndose y caminando cauteloso, pudo ver al enorme dragón que dormitaba echando pequeñas llamas de fuego por las narices, mezcladas con sus ronquidos. El áspero humo se mezclaba con el aire del jardín y hacía que le picase en la garganta, tanto, que por un momento se olvidó de la planta y su búsqueda se centró tan solo en conseguir un poco de agua para suavizar el picor. Jamás había visto tan de cerca un dragón, pero sabía que si lo despertaba, lanzaría sobre él una de sus terribles llamaradas, así que caminó con suavidad hasta un pequeño estanque de agua brillante y arrodillándose en tierra bebió. Varias cosas ocurrieron a la vez... El dragón abrió los ojos y los fijó en él; El estómago comenzó a arderle como si hubiese tragado una bola de fuego y el mago Raisey apareció en el jardín gritando: “Quién se ha atrevido a beber de mi estanque mágico?” El dragón Oises se puso en pie agitando sus alas de más de 5 metros y obedeciendo la orden de Raisey, lanzó una llamarada de fuego tan potente, que si Adrián no llega a apartarse a tiempo, esta historia hubiese terminado en ese instante. Raisey extendió las manos y lanzó rayos en dirección al joven, que en un instinto natural, levantó el brazo para protegerse. Ante su sorpresa y la furia de Raisey, los rayos se detuvieron a escasos centímetros de su cuerpo y como si quisiese sacudirselos, hizo unos aspavientos con los brazos mandando los rayos de nuevo hacia el mago, que al no esperar el ataque, fue a dar con su pesado cuerpo contra la pared, cayendo al suelo desmayado. Aprovechando el desconcierto del dragón, Adrián comenzó a correr y no paró hasta que, llegando al poblado, cerró la puerta de su casa con rapidez. Cuando el malvado mago se recuperó, saltando sobre el lomo de Oises, oredenó al dragón que quemase el poblado y matara al insolente que había bebido de la fuente del poder. El agua del estanque otorgaba poderes mágicos a quien la bebiese y Raisey, la utilizaba para revitalizar sus poderes y mantenerse joven eternamente. El mago temía que el pequeño Adrián comprendiese lo que ahora era capaz de hacer y usara sus nuevos poderes contra él. La gente del poblado, cuando vió llegar al enorme dragón de escamas rojas, dientes afilados, alas de 5 metros y lanzando fuego de la nariz, echaron a correr sin direción, chocándose unos con otros sin ponerse de acuerdo hacia donde ir. Entre ellos estaba la madre de Adrián que volvía del campo con una cesta de fruta cuando fue sorprendia con la llegada del dragón. El niño la vió y le gritaba que se apartase, pero la confusión y el griterio era tal, que antes de que la madre comprendiera qué ocurría, fué abatida por una de las zarpas de Oises, cayendo al suelo y quedando inmóvil. Adrián corrió hacia ella, pero fue detenido por un hombre que le decía que era demasiado tarde. Soltándose, siguió corriendo hacia donde su madre aún se movía pidiendo ayuda. El dragón dió la vuelta, tomó impulso y lanzó una bola de fuego que fulminó a la mujer. El joven llegó hasta su madre y arrodillandose, lloró a su lado. Las lágrimas que caían al suelo quedaban flotando sobre la tierra formando un espejo que reflejó la cara del muchacho. Mirando su propia imagen vió cambiar su rostro de niño por el de alguien que no conocía, un hombre lleno de furia. Lentamente se levantó. Observando la aldea destrozada y a la que fue su madre, muerta a sus pies, volvió a sentir el fuego en su estómago; el mismo que sintió en la fuente mágica, aumentando a la vez que crecía su furia, haciéndole sentir poderoso. Extendió los brazos hacia el dragón, que regresaba de nuevo con Raisey en su lomo, dándole órdenes de destrucción con gritos y aspavientos de su mano derecha, la que portaba una vara de la que salían rayos azules. Adrián deseó poder lanzar esos rayos desde sus manos extendidas y lanzarlos contra el malvado y su dragón. Por arte de magia, los rayos de la vara fueron atraídos hasta sus manos y devueltos hacia el dragón, que lanzó un horrendo grito al ser herido en un costado. Raisey atacó a Adrián con un encantamiento que lo golpeó y dejó semiinconsciente, mientras descabalgaba del dragón herido, elevándose en el aire y deslizándose despacio hasta el suelo, junto a su víctima. Viendo derrotado a Adrián, Raisey se vanaglorió de su poder y por un momento descuidó la guardia. El joven, desde el suelo vió dos cosas: vio la brillante flor prendida en la ropa del mago y vio la vara de éste, que se quedó por un momento a su alcance. Sin pensarlo dos veces, arrancó la vara de las manos de Raisey y señalándole con ella, lo lanzó a veinte metros por los aires. Antes de que pudiese lanzar un nuevo ataque, Raisey rozó la flor que llevaba prendida y desapareció. Los aldeanos que no se habían perdido detalle de la lucha, dejaron escapar una exclamación de sorpresa en sus rostros de terror. Todos quedaron paralizados, hasta el propio joven, aún con la vara mágica en las manos y sin saber que hacer con ella. Momento que aprovechó Raisey para montar a lomos de su herido dragón y escapar por los aires hacia su palacio. Aún invisible, su peso podía notarse sobre la escamosa piel del dragón que aún seguía lamiendo sus heridas. “Se escapa, se escapa” gritaron los aldeanos señalando al dragón cuando se alejaba y aunque Adrián intentó detenerlo, cuando reaccionó estaban demasiado lejos para que el encantamiento les alcanzara. Pidió ayuda a los vecinos para perseguir a Raisey hasta su palacio y todos se excusaban para no ir. Así que decidió ir solo a enfrentarse con el mago, recordando las palabras que oyó decir muchas veces a su madre. Ella le había dicho: “Cuando alguien se propone alguna cosa, lo tiene que conseguir por él mismo” Llevando consigo la vara mágica que había arrebatado al mago y su vieja espada, recuerdo de su padre, emprendió el camino hacia el palacio de Raisey con el fin de terminar con él de una vez por todas. Cuando llegó a las enormes puertas cerradas con un encantamiento, no las pudo abrir y ayudado por los poderes de la vara y siguiendo las murallas, encontró un pasadizo secreto por el que entró en una galería oscura y tenebrosa. Estaba todo oscuro y pensó en buscar una antorcha, en eso que la vara se iluminó con una brumosa luz azul. Contento con que la vara adivinase y cumpliese sus deseos, avanzó unos pasos y vio que todo el pasadizo estaba lleno de esqueletos de cadáveres y era difícil no pisarlos. El estrecho pasadizo terminaba en una amplia galería, de techos abobedados con imágenes demoníacas pintadas y tres puertas de doble hoja, casi tan altas como el mismo techo. Se acercó a la primera de ellas y la empujó... La puerta cedió con facilidad, como si las bisagras estuviesen untadas con mantequilla, dando paso a otra sala, aún mayor, con otra gran puerta dorada al fondo... La empujó, pero ésta, ni se movió. Lo intentó con todas sus fuerzas, pero nada, imposible. Buscó cerca alguna llave o palanca con la que abrirla y semi oculto en un hueco encontró un gran libro lleno de polvo. Limpiando sus hojas con la manga de su jubón, miraba sim comprender las líneas y símbolos que tenía impresos. Acercando la luz de la vara al pergamino, las líneas y símbolos se volvían legibles y siguiendo con la luz las líneas, leyó: “...solo un corazón limpio abrirá la puerta que conduce al abismo de los dragones azules rindiendo su voluntad y convirtiéndose en señor y amo de su poder...” Dejando el libro a un lado, volvió a empujar la puerta que, como antes, ni se movió. Volviendo a la galería, lo intentó con la segunda puerta que también cedió suavemente. Al fondo, un hermoso caballo blanco de ojos tristes forcejeaba con una cadena mágica que lo tenía atrapado. Adrián, apiadándose de él mantuvo la vara hacia la cadena hasta que se rompió, dejando al hermoso corcel libre que pateó el aire. Volviendo sobre sus pasos, se dirigió a la tercera puerta que chirrió cuando fue empujada. Un estrecho puente, sin proteciones, era el único camino de salida y bajo él, un abismo interminable. Ese era, sin duda, la puerta que el malvado Raisey había abierto para soltar a los dragones de fuego. Lo que Adrián no sabía es que un demonio terrible y monstruoso custodiaba el paso. Nadie había oido hablar de él, ya que nadie le había vencido jamás ni vivido para contarlo. Según se aproximaba a donde estaba el demonio, se iluminaba el puente y apenas había dado vente pasos, apareció. Enía un retorcido cuerno en la frente y fuego en la boca. Era inmenso aquel demonio. Adrián pensó que nunca lograría derrotarlo. El demonio se plantó en la mitad del puente y Adrián podía ver detrás la puerta cerrada con paño y llave, que aún, en la escasa probabilidad de que consiguiera vencer al monstruo, no sabría como abrir. Intentó destruir al demonio con la vara, pero no funcionaba. Una y otra vez, dirigía la vara hacia el demonio que reía diciendo que los encantamientos, allí, no funcionaban, solo el Señor de los dragones de fuego tenía allí poder. Desenvainando la espada arremetió contra el demonio sin pensarlo dos veces. Se lanzó hasta que pudo pegarle un golpe de espada que lo dejó malherido. El demonio se retiró dos pasos y Adrián atacó con más furia. El demonio cayó arrodillado y se prendió fuego con una gran llamarada... Eso extrañó al joven, que no podía saber lo que le esperaba. El fuego que consumía al demonio, se apagó y le crecieron unas alas. Paracía que volaba para huir, pero solo tomaba impulso en las alturas para volar como un misil hacia Adrián, que le esquivó en el último instante... El demonio se estrelló contra una roca puntiaguda que se le clavó en el vientre, cayó con gran ruido, provocando un desprendimiento de tierra que dejó al descubierto el abismo, donde cayó el demonio hasta que se perdió de vista. Al morir el demonio la puerta se abrió, pero Adrián se había quedado al otro lado del puente. Eso hizo que perdiera el ánimo: nunca podría saltar aquel abismo. De repente se volvió sobresaltado por el ruido de unos cascos al patear el suelo detrás de él. El hermoso corcel le había seguido y humillando la cabeza hasta rozar el suelo con el hocico, parecía que le invitaba a subir a su lomo. No podía creer en su buena suerte. Subió a lomos del caballo y se sujetó bien a las crines a tiempo que éste iniciaba una vertiginosa carrera, por el puente, hacia el abismo. Durante el salto cerró los ojos y dejó su vida en manos de su nuevo amigo, que agilmente saltó hasta el otro lado y paró su carrera justo en la puerta abierta. Una escalera tosca y empinada, le condujo a una puerta secreta de la habitación más alta en la torre del palacio, que abrió con cautela. La sala estaba vacía. Entre miles de libros de encantamientos y brujería, cachivaches que no había visto jamás, ollas con pócimas humeantes y otos instrumentos que no sabía para lo que podían servir, una planta, de flores blancas y brillantes, daba luz a la habitación. Rozó una de las flores admirando su belleza y deseó que la planta le comprendiese para mostrarle su admiración. Al instante de entre las hojas se abrieron unos ojos verdes y una boca sin dientes que le dijo: “Gracias, pequeño Adrián. Una admiración sincera como la tuya es la que he estado buscando durante miles de años” . “Hablas!!” se sorprendió el joven. “Por supuesto, soy mágica. Cada una de mis flores te concederá un deseo, por increíble que éste parezca. El malvado Raisey, me obliga a hacerlas constantemente ya que son la base de su poder y me las arranca sin miramientos. Mira mis heridas...”. Adrián tomó la planta y buscó la salida del palacio de Raisey. Toda la cautela que tomó fue insuficiente para que el mago no le descubriese. Entablaron una batalla de rayos, encantamientos y sortilegios que Adrián no conocía, pero ayudado por la vara mágica logró sortearlos y montando en el caballo logró huir del palacio. Mientras se alejaba oía a Raisey convocar a los magos y dragones del planteta para que viniesen a ayudarle a recuperar lo que había perdido y a destruir al joven que tan descaradamente había osado retarle. Adrián avisó a todo el poblado de que Raisey vendría con todos los magos y dragones a atacarles, pero la gente no le creía, diciendo que ellos no tenían nada que pudiese interesar al poderoso mago. Les enseñó la planta mágica y les contó como se la había robado a Raisey y que ésta era la base de su tremendo poder.Todos se asustaron y corrieron a sus casas, pero Adrián les tranquilizó diciéndoles que construiría una ciudad fortificada con una de las flores mágicas. Eso tranquilizó un poco a la gente y le pidieron que les diera también a ellos poderes mágicos para poder enfrentarse con los temidos magos y dragones. Así, mientras Raisey esperaba la llegada de sus aliados, nació la ciudad dorada, con murallas fortificadas y una ciudad subterránea, debajo de la aldea, donde poder refugiar a los más débiles durante la batalla: mujeres, ancianos y niños. Por tanto, ordenó a una de las flores de la planta que trasladara al refugio subterráneo a todos los que no pudieran luchar en la batalla, sumergiendo las casas donde vivían bajo tierra. Todo estaba preparado para la llegada de Raisey y su ejército de magos y aunque Adrián no estaba muy seguro de poder vencerles, no dejaba de alentar a los hombres de la aldea, a los que había convertido en magos, dotándolos de poderes mágicos, para que no flaqueasen sus ánimos ante la desventaja que les esperaba. Cuando Raisey llegó con los suyos, el cielo, por el horizonte se hizo oscuro... miles de dragones dirigidos por magos y el propio Raisey al frente de ellos quedaron quietos en el aire, a poca distancia de la nueva ciudad amurallada. Solo el ruido del batir de las alas de los gigantescos dragones rompía el silencio e impedía escuchar el castañeteo de los dientes de los aldeanos. Mientras, Raisey se preparaba para la batalla. Daba por seguro poder vencer a Adrián y a su pobre ejército de aldeanos, pero no quería confiarse demasiado y la creación de la cuidad dorada era prueba de que el joven había descubierto los poderes de la planta mágica. Por fin, Raisey dio la orden de atacar. Los dragones volaron veloces y comenzaron a lanzar fuego por todas partes. Aquello era terrible, el ejército de magos no paraba de lanzar encantamientos. Adrián y los suyos casi no podían resistir... Pensó que jamás podrían vencer a aquel ejercito de magos experimentados y estuvo a punto de rendirse para evitar la muerte de los suyos. Ya tomaba la bandera blanca para colocarla en lugar visible, cuando el hermoso caballo blanco casqueó en el suelo, al igual que lo hiciera en el palacio. “No hay otro remedio amigo. No quiero ser responsable de la aniquilación de todo el pueblo”. Pero el caballo seguía invitándole a subir sobre su lomo. Una vez más, Adrián confió en el corcel y se dejó llevar. El caballo condujo a Adrián hasta la puerta que no pudo abrir en el pasadizo, la que abría el abismo de los dragones de agua.”Solo un corazón limpio conseguirá abrir la puerta” recordaba. Pero ya lo había intentado y no la consiguió abrir. El caballo le insistía con el hocico y el muchacho pensó que debería por lo menos volverlo a intentar, por el bien de su pueblo. Recordó de nuevo las palabras de su amada madre: ”cuando alguien se propone alguna cosa, tiene que conseguirlo por él mismo”... Para llegar hasta donde estaban los dragones azules, había que entrar con el corazón limpio, esto es, con el espíritu limpio, sin odio ni rencor, ni orgullo, ni maldad de ninguna clase. Cuatro intentos hizo y en todos fue detenido por una fuerza misteriosa que lo lanzaba atrás... Ya desesperaba de poder entrar. Se detuvo un momento y pensó en todas las cosas que le habían pasado en su corta vida, lo que había hecho... Había cosas buenas, pero había hecho algunas que no estaban bien... y todavía no se había arrepentido del todo... También pensó en los consejos de su madre, en su responsabilidad como causante de todo lo que había pasado, en el bien del pueblo y que en sus manos estaba la salvación de todos... Todas estas cosas le causaban una tristeza muy grande. Las lágrimas le cayeron y lloró de pesar por todo lo que había hecho mal, también lloraba por su pueblo, por su madre, por él mismo... Secándose las lágrimas, hizo el último intento para cruzarla... cerró los ojos, se encomendó a su madre y con gran coraje fue hacia la puerta. Cuando los abrió, estaba dentro. Vio a los dragones azules y como estos se ponían a su servicio inmediatamente. Adrián y su ejército de dragones salieron del pasadizo a toda velocidad para tomar partido en la lucha. Hasta allí llegaba el ruido estertóreo de la cruenta batalla. El ejército de Raisey llevaba todas las de ganar y las defensas de la ciudad Dorada estaba a punto de ser derrotada. Entonces, Adrián ordenó a los dragones de agua que atacaran. Poco a poco fueron dominando la situación y frenando el avance del ejército enemigo. Raisey, al ver que sus tropas comenzaban a perder terreno, lanzó a su dragón más poderoso, Oises, al combate. Era un dragón terrible. Cuando lo vieron avanzar, todos quedaron espantados, parando los combates, esperando la envestida de Oises... Adrián, hizo frente a Oises (después de luchar con el demonio del pasadizo, no le daba tanto miedo ese dragón como lo hiciera antes). El combate fue tremendo, pero por fin la victoria fue para Adrián: le lanzó con todas sus fuerzas su espada, que atravesó el corazón de Oises, dejándolo agonizante. El muchacho quedó sin fuerzas y Raisey aprovecho el momento de debilidad para lanzarle un encantamiento mortal. Adrián estaba perdido. Como una centella, el caballo apartó al joven y el encantamiento fue a dar de lleno en la planta mágica en donde rebotó y volvió hacia Ramsey que alcanzó de lleno, que no consiguió matarle porque los magos no pueden ser muertos por sus propios encantamientos. Raisey, viéndose perdido y sin apenas fuerzas, logró reunir todo el poder de la magía que le quedaba y desapareció junto con su dragón favorito y agonizante, Oises. Adrián tomó una de las flores de la planta mágica y le pidió que cesara la batalla, que los dragones volviesen a sus abismos correspondientes y que se sellasen las puertas para siempre, desapareciendo el pasadizo. Los magos se sometieron al poder del muchacho acatándolo como su nuevo rey. Los aldeanos volvieron a su aldea, que Adrián reconstruyó fuera de las murallas de la ciudad Dorada, a una discreta y prudencial distancia. La planta mágica adorna los jardines del palacio de Adrián, que en recuerdo de su madre la llamó “Margarita” y después de hacer desaparecer la ciudad, el último deseo de “El Rey Misterioso” fue que perdiese su poder para evitar que cayese en malas manos. La planta mágica se volvió una planta normal y corriente y para advertir a los magos que quedaron fuera de la ciudad, fue distribuida por todo el planeta. A pesar de todo, todavía hay quien cree en los poderes mágicos de las margaritas. En cuanto a Raisey y su dragón... nadie sabe que fue de ellos, pero todo el mundo esta convencido de que cualquier día volverán... |
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Cuento participante en "la Rosa de Papel" concurso literario patrocinado por el centro de formación Florida de Catarroja (Valencia) marzo-2003