
EL PERIÓDICO |
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FRAGMENTOS DE UN DIARIO
11/06/2005
Por Gracia Torres
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Hoy he encontrado a una mujer que sufre, que llora, y no sé hasta que punto la pude consolar. Se llama Lola, y no la había visto en mi vida. Es de esas cosas que te pasan a diario: encuentras gentes por la calle que a veces miras y a veces no. A unas porque te llaman la atención, a otras porque pasan demasiado cerca y al resto ni las miras porque no te importan, siempre metidos en nuestros propios pensamientos, aprovechando el momento de estar solos para extenderlos, examinarlos, comprimirlos, repetirlos, y gastarlos; y qué mejor momento que cuando caminamos solos por la calle. Ahí andaba yo, sumergida en mis propios pensamientos, cuando el paso me llevaba directo hacia ella. No la vi, era una más de las tantas personas al otro lado del paso de cebra, que como yo, esperaban para cruzar la calle. Con Jorge, de 4 años, tomado de la mano y en el borde de la acera, junto al paso de cebra, con la mirada extraviada, como si esperase a alguien, al pasar por su lado me preguntó si, por favor, tenía 50 céntimos para llamar por teléfono. Parada en mi avance, estuve a punto de no mirarla y seguir mi camino. Si no la hubiese mirado, solo ese segundo, ese instante en que nuestras miradas se cruzaron, no me hubiese dado cuenta de su desesperación y de la vergüenza que suponía para ella tener que humillarse a pedir esos 50 cms. que no tenía. Pero la miré. Era inevitable mirarse. Miré sus ojos, luego al niño que, ignorante de la angustia de la madre, jugueteaba cogido a su mano. Luego de nuevo a ella. Leí la súplica en ellos, la ofensa, la humillación, el dolor, la desesperación... Todos esos sentimientos revueltos, unidos, cosidos a su alma como lastre, salían despedidos de sus ojos como lanzas de angustia. Vi en su mirada que sufría. Saqué la cartera del bolso, y en vez de abrir el portamonedas, abrí la billetera, saqué 50 euros, los plegué y los puse en la mano que inmediatamente, al contacto con el papel, se cerró con la velocidad de un resorte. Después, abrí el portamonedas y saqué 3 euros (una moneda de 2 y una de 1) y le dije: “Esto, para el teléfono” La mujer se arrancó a llorar y se abrazó a mí, agradecida. Lloraba sin consuelo, medio gimiendo, medio dando las gracias al cielo, medio dándomelas a mí... Bajo la presión de su carne sentí la energía de un abrazo cariñoso, agradecido. Apretaba su cerco como quien se agarra a la única rama que sobresale del suelo firme cuando los pies cuelgan del vacío. No pude, ni quise, dejarla así. La invité a una terraza cercana y aceptó. Dándole un respiro para que se serenase, me entretuve caminando con el pequeño, al que ofrecí la mano y él, tomó con gusto. Una mano pequeña, morena, huesuda, de dedos largos, que se acoplaba en la mía con placer para ambos. Jorge me miraba, con sus ojos grandes y su sonrisa de dientes pequeños, como si fuésemos amigos de toda la vida, de su corta vida. Agitando los brazos nos balanceaba a ambas, a su madre por un lado y a mí por el otro, haciendo juegos de compás, feliz, ignorante, enseñando sus menudos dientes con la boca abierta, intercambiándonos cómplices sonrisas. Accedimos a la terraza y aún dejé pasar unos minutos sin mirar a Lola. Me centré en el pequeño, jugueteábamos, repetía con él algunos juegos que usaba con mis hijos cuando eran pequeños, sacados del olvido para recordarlos de nuevo junto a Jorge, dejando a la mujer sorber su dolor, recuperar su dignidad, y pudiese sostener mi mirada, ya sin lágrimas, para contarme. Cuando consiguió articular alguna palabra, Lola me contó: Lola es boliviana. Hace un año que llegó a España. Está casada en su país. Tiene dos hijos: Jorge de 4 años y otro más pequeño, Víctor, de dos años y medio. No tiene "papeles", ni nadie que le ayude a conseguirlos. Tiene miedo a que la policía la detenga y la repatrien de nuevo a la miseria, a la podredumbre de un futuro corroído por la violencia, la corrupción y el caos. Hace poco más de un año, pactó con su esposo venirse a España. Ella primero, por la facilidad que tienen las mujeres de encontrar trabajo, sobre todo en el servicio doméstico. Su marido se quedaría al cuidado de los pequeños ayudado por la madre de Lola. Cuando los ahorros lo permitiesen, padre e hijos se reunirían con Lola en su nueva ubicación, y comenzarían una nueva vida llena de oportunidades. Parecía el sueño de un cuento con final feliz. Cargada con más valor que maletas, Lola inició la aventura sola, dejando atrás todo lo que conocía. Sabía que no iba a ser fácil, pero el recuerdo de sus pequeños le daría fuerzas para continuar luchando por su final feliz. Por miedo a olvidarlos en un mundo extraño, llenó su cartera con fotos, y me las iba enseñando una a una, explicándome, contándome... y sus labios sonreían con el recuerdo del pasado. La sonrisa duró lo que duraron las fotos en mis manos. El devolvérselas fue como si le hubiese devuelto la realidad a la misma velocidad que se había marchado por unos instantes... Durante este año, Lola, trabajó duro. Enviaba todo el dinero que podía a su marido, para que no les faltase nada a sus hijos y pudiesen ahorrar para venirse todos. Esta mujer no ha gastado nada en este año, lo justo para mal sobrevivir. Su fuerza la recibía del recuerdo de sus hijos en la distancia, abandonados, dejados en su casa, lejos, tan lejos que ni siquiera quería pensar, tan inalcanzables que ni siquiera se atrevía a soñar con ellos. Ni una prenda de ropa barata (se surte con donaciones), ni un cine, ni un café... Solo trabajar, ahorrar y enviar todo el dinero posible. El único gasto que hizo durante el año, fueron las llamadas por teléfono para saber de los suyos: su madre, su esposo y sobre todo, sus hijos... Sus adorados hijos, los únicos que, con su dulce mirada y la misería que les podía ofrecer ella a cambio, habían conseguido convencerla de que les abandonase momentáneamente para buscarles un futuro mejor. Me contaba Lola que no sabía qué dolía más, si tenerlos cerca sin leche que darles por la mañana, o tenerles lejos sin tener sus besos, sin arroparlos, sin poder cuidarlos cuando enfermaran... Se lamentaba tristemente de que su hijo pequeño ya no la conocía, y el contacto telefónico, breve, no la daba tiempo ni oportunidad para ganar el amor de sus hijos, mucho menos para gastar el que ella tenía guardado para ellos. El único contacto con su pasado, con sus raíces y con la parte de sus entrañas que había dejado atrás, era ese frío instrumento que no aliviaba en absoluto su soledad. Así se enteró que sus hijos se quedaban solos en casa mientras su padre se iba a... (no se sabía con certeza) con el dinero que le enviaba Lola; que una noche el bebé despertó a todos los vecinos con llantos amargos que el pequeño Jorge no conseguía aliviar y que siguió llorando hasta que no regresó el padre, de madrugada, para abrir la puerta. Que la nevera (heladera le llaman ellos) siempre estaba vacía, las facturas se acumulaban y en el banco no había sin un centavo. Desesperada por la situación, la distancia y la impotencia para poner solución al abandono de sus hijos, Lola toma la decisión irrevocable de enviar el dinero a su madre, que era lo mismo que autorizarla a llevarse a los pequeños, puesto que fue el padre, ante la escasez de recursos, el que envió a sus hijos con la abuela. Golpeado de repente por la falta de recursos con que sufragar sus fiestas, arremete contra Lola sin compasión, minando su autoestima, insultándola, ofendiéndola, negandole la comprensión y el cariño que tanto necesita, y con la presión de un marido infiel que la acusa de no confiar en él. Lola sigue sufriendo, pero no cede. Autoriza a su madre a sufragar con pequeñas aportaciones las juergas de su marido, que sigue saliendo de noche y regresando de madrugada, a costa del dinero que envía. Por fin, y con mucho esfuerzo, la madre de Lola, ahorra lo suficiente para enviar a su marido con sus hijos a España. Ya tienen el dinero para el pasaje.. ahora, a Lola le toca conseguir las autorizaciones para que les permitan venir. Trámites, horas de colas, formularios complicados que no sabe como rellenar, maltrato psíquico y desinformación por parte de ciertos funcionarios... Todo vale la pena para volver a ver a sus hijos, y a su marido, claro, sus desarreglos morales han sido a causa de su ausencia, de la ausencia de Lola, que casi le llevan a la desesperación. Lola no se lo va a tener en cuenta. Cuando estén reunidos de nuevo, todo volverá a ser como antes. Algo pasó, al final no pudo venir su hijo pequeño, Víctor, de dos años y medio, un año más que cuando le dejó, y dentro de su congoja, Lola, se siente feliz: su hijo mayor, Jorge, de cuatro años, aún la recuerda y se lanza a sus brazos en cuanto la ve. Lola siente recompensados sus sacrificios y penurias con ese abrazo. Ahora todo estará bien, ahora que él (su marido) está aquí, tendrá un gran apoyo, ambos lucharán para traer al pequeño que les falta y volverán a ser felices... Que bueno, piensa Lola, por fin voy a poder respirar un poco, soltarme de esta angustia que me tiene prisionera durante un año... Ya estoy cerca de mi propio "final feliz"... Hace un mes que abrazó a su hijo en el aeropuerto. Hace un mes que volvió a darle un beso a su esposo. Hace un mes que Lola espera que se vayan cumpliendo sus expectativas... de recuperar a su familia... de volver a sonreír... Es cierto que la vida de Lola ha cambiado, pero no como ella soñaba. Su vida pasó de ser un infierno a ser un suplicio: Bofetadas, palizas, amenazas contra su hijo, derroche de su sueldo.. venta de los pocos enseres que poseía, incluído su único tesoro: el móvil... Ahí la encontré... todavía caliente de la última bofetada. Me cuenta, en la terraza donde charlamos, que como único capital en el momento de la agresión (la última agresión), tenía un euro en el bolsillo trasero del pantalón y me lo muestra desgarrado, añadiendo que al irse, su marido se lo quitó arrancándole el bolsillo a tirones. Charlamos mucho, me contó su vida, sus esperanzas, sus miedos, y cada momento me daba las gracias por cualquier cosa. Ahora, mientras recuerdo y escribo, analizo mi encuentro con Lola... Podía haberle dado más... podía haberle dado menos.. porqué decidí dale 50 euros? Primero, porque los tenía, después porque no me hacían falta y tercero porque me dio la gana. Tenía todo tipo de billetes.. de 5, 10, 20, 50 y 100. Darle 10 o 20 me pareció que apenas podía alcanzarle para comer ella y su hijo si era el caso, y 100 me parecieron una ofensa, porque podría haberla herido con mi derroche. Creo que con 50 euros le daba suficiente para salir del apuro, comer y poder llegar hasta casa de unos amigos. Los y 3 € sueltos se los di para que pudiese hacer esa llamada y tomar un autobús, si tenía necesidad, sin tener que pedir más favores a nadie. La duda que tengo viva, es la de si la ayudé de verdad. No económicamente, que poca cosa son 50 euros, no, me refiero a moralmente. El dinero es solo eso, dinero. Considero mucho más valiosa la autoestima de cualquier ser humano. Enarbolo la bandera de seres iguales, con los mismos derechos, como defienden la constitución y los derechos humanos, sin diferencias por causa de sexo, ideología, religión o etnia. Yo también hablé mucho con ella, pero hacer de psicólogos ocasionales no siempre nos sale tan bien como pretendemos. No siempre somos capaces de meternos en la piel de los demás y mirar, pensar y sentir desde allí para ayudarles. La mayoría de las veces intentamos inyectar nuestra propia forma de ver las cosas a otra mente, sin saber que eso no les ayuda, que lo ven como algo ajeno que ni siquiera comprenden, que solo les confunde más porque no son sus propios razonamientos y no saben como aplicarlos ni llevarlos a la práctica, porque no es su vida... Porque en su mentalidad, arraigada desde la infancia a través de costumbres, no cabe la posibilidad de ser de otra forma, no desde nuestros razonamientos; porque sus inquietudes no son las nuestras; porque nuestras vidas no son las suyas... Me pregunto qué será de Lola... Sé que no la volveré a ver nunca... o tal vez sí, pero, nos reconoceremos? Nos abrazaremos como aquél día? Sí, pienso mucho en ella, y en Jorge, y en Víctor, al que no conozco pero me imagino rollizo y juguetón, como todos los bebés. Pienso en Lola como en una mujer valiente, luchadora, envidiable, admirable, lejos de su casa, en un país extraño, .. con sus sueños rotos, con su lucha inútil... Y me torturan siempre las mismas preguntas: Pude consolarla con mi charla? Fui capaz de darle lo que ella en ese momento necesitaba? Habrá logrado escapar de ese infame? La animé lo suficiente para que abandonase a ese bestia? No lo sé... A veces es difícil escapar del infierno, la fuerza de voluntad nos abandona, y no nos atrevemos a golpear la puerta para salir... Nos da tanto miedo salir al exterior como quedarnos en el interior y, al menos, donde estamos ya lo conocemos... La ayudé? No lo sé... eso espero. Por miles de Lolas perdidas por el mundo, hombres y mujeres lejos de su hogar, de sus costumbres, de sus tradiciones, de sus seres amados... Personas valientes que se atreven a ir -muchas veces aún a riesgo de su propia vida- en busca de algo mejor que la miseria, a un país desconocido, impersonal, la mayoría de las veces peor en su riqueza que el suyo propio en la pobreza; sin calor humano que los socorra, sufriendo abusos y desprecios... Desde aquí mi homenaje a los que reúnen el coraje suficiente para acometer un viaje incierto al futuro, que defienden su derecho a la vida y cuyo único pecado, ese que les condena al perpetuo desprecio, fue nacer en un sitio equivocado... o no. Doy gracias al destino por haberme permitido nacer en un lugar en el que no me es obligado convertirme en emigrante para sobrevivir, a no sufrir los desprecios de esos a los que ahora llamo paisanos (que no amigos) y que con sus escarnios hacia esta magnífica, sencilla, gentil y amable gente, me avergüenzan. |