EL PERIÓDICO

GALA Y DUELO

por Gracia Torres

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Dos cosas han ocurido esta semana en Valencia: La gran catástrofe del metro y el "V Encuentro Mundial de la Familia", con la llegada del Papa y multidud de personalidades del mundo político. La llegada del papa ya nos la esperábamos, de hecho, toda Valencia se adornaba de los colores papales: blanco y amarillo en banderas, flores, ornamentos, ropa, gorras, pañuelos y mochilas que llenaban las calles de la ciudad. Multidud de valencianos se sumaron a dar la bienvenida al Santo Pontífice adornando sus balcones y ventanas con la bandera blanco-amarilla.

Lo que no se esperaba nadie fue la gran catástrofe que asoló la ciudad: el descarrilamiento del metro cerca de la estación de Jesús(curiosa coincidencia cristiana).

Cada uno manifiesta su dolor de distinta forma; hay quien se viste de luto; quien llora en silencio su pena; quien grita lastimeramente clamando al cielo, y quien usa de los crespones negros para manifestar su duelo. Ante la inminente llegada del representante de Dios en la Tierra, un vecino no duda en colgar su crespón en la bandera que previamente a colgado en su balcón; nada raro... miles de lazos negros cuelgan de las banderas en señal de luto. Lo curioso es que ni corto ni perezoso este vecino usó de dos calcetines negros que tenía a mano y con un gran imperdible no dudó en engancharlos a la bandera y dejarlos pender al aire. Y es que todo vale. Lo único que espero es que no se levantase el viento al paso del Santo Padre porque, quien sabe si los calcetines estarían usados y la aromática brisa haga trastabillar a más de uno.

 

 

Dejando a un lado el toque de humor, la visita del Santo Padre ha costado a los Valencianos la bonita cifra de 30.000.000 de Euros (TREINTA MILLONES DE EUROS). 835.000 tan solo para las instalaciones sobre un nuevo puente del antiguo cauce del río Túria, a la altura de La Ciudad de las Artes y las Ciencias. Un ostentoso altar de 2.900 m2 que se usará solo unas horas y después habrá que demoler. Eso sí, dotado con un microclima (para que Benedicto XVI no desfallezca por el calor), que es una pasada. Mejor, porque no vaya a ser que luego quedase en los anales de la historia: “Benedicto XVI, Santo Padre mártir del calor veraniego en Valencia, víctima de la falta de estructura y medios de un país pobre” y nos excomulgasen a todos... por pobres!!.

 

7.000 urinarios públicos, 1.000 cámaras de seguridad, 35 km de vallas, 40 pantallas gigantes para seguir el evento, 5.000 policías, 19 miembros de la Casa Real con su séquito y escoltas (incluidos Reyes, Príncipes e Infantas), políticos y figuristas (incluido el Presidente de la Nación en una penosa actuación ante el Pontífice), con esposas, hijos, sobrinos, parientes, allegados, chupatintas, zampabollos y sus escoltas, 3.000 apartamentos para los obispos invitados, un apartamento en el Palacio Arzobispal de 180 m2 para que el Papa descanse unas horas (supongo que en ese espacio entraría la ducha), todo a cargo de las Arcas Públicas Valencianas.

A pocos kilómetros, justo al otro extremo del río, cientos de indigentes y emigrantes sin papeles, que no tienen donde dormir, conviven y celebran la llegada del Supremo Representante de la Hermandad Católica, retirados de sus zonas habituales para que tanta dignidad no sufra ni tenga que apartar la mirada por la visión de sus precariedades, de su pobreza y mísera indumentaria.

 

Saltando sobre sus colchonetas frías y húmedas festejaban la llegada de tan digno personaje a la ciudad.
Claro que ellos no pudieron verlo, ni siquiera a través de las gigantescas pantallas repartidas por toda la ciudad, porque no les dejaron acercarse a ellas y apestar con su miseria a los miles de congregantes venidos de todo el mundo para celebrar el muy honorable “V Encuentro Mundial de la Familia”, pero no les importa, ellos tienen su propio mundo, donde compartir lo poco que tienen con otros que tienen menos, les reconforta... En las palabras de Jesús, encuentran esperanza y su único consuelo, y lo celebran. Saben que Dios es justo y misericordioso.

No es una crítica al Vaticano, ni a la Iglesia, ni siquiera el Gobierno Valenciano, no.
Es un lamento al despropósito de los valores humanos, al derroche de aparentar ser más que nadie, querer estar a la altura de alguien a quien nuestros bolsillos no alcanzan, esconder lo que no nos gusta de nosotros mismos hasta creernos que no existe, es un lamento triste al sufrimiento de un pueblo olvidado: los miserables.

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