

EL AZAR
por ***BALTHOS***
Se supone porque la concepción fue anterior a toda posibilidad de recuerdo, se supone, con valentía y pudor a un tiempo, la noche en que cada cual fue engendrado, un grito contenido y un forcejeo virulento en la penumbra del deseo y quien sabe si de la torpe brutalidad, la asidua ternura o esa cosa extraña a la que llaman amor: no se sabe como no sabe qué tipo de cromosomas tendrá, será niño o niña, le faltará o sobrará alguno, tendrá aspecto de simio o de mongoloide, parálisis si lo alumbran con negligencia, diabético para los restos, alopécico o gordo o con todos los boletos para que lo devore un cáncer de mama o de próstata no ahora, sino cuando tenga cincuenta o sesenta años: uno atisba pero ignora la herencia genética de la que es portador -el azar elevado a la enésima potencia-, porque no entiende de alteraciones microscópicas ni determinismos ancestrales, se puede lindar la exultante belleza, la monstruosa fealdad o ser simplemente del montón, gitano, negro, vasco, magrebí, dormir en una cuna con dosel y arrullado por dulces tintineos de nana, o en un cajón de madera envuelto en harapos y en ese olor a humo y a desidia sin consuelo, que es perfume de pobreza, cotidiana miserabilidad. Pero no hay que internarse en la selva de lo maniqueo: se es de la simple mayoría que la fría estadística estanca en la "normalidad", clase media, ingresos medios, no se vive en penuria ni mal del todo, no se recuerda ya a los protestantes primigenios cuando se curaban en salud afirmando que todo el mundo estaba predestinado, solemne majadería, -los católicos se curaban con el pecado original, pero teológica y formalmente defendieron la idea del libre albedrío-. Luego vino la Ilustración con la creencia de que es el hombre quien se forja su propio destino y le chafó el invento a, Lutero y compañía, claro: si yo quiero ser médico por qué no lo voy a ser, si no me da la nota o si al año de estudiar medicina quiero cambiar a periodismo quién me lo va a impedir, mi padre, tal vez, o la falta de pelas ante la lejanía de la universidad donde se imparte, luego estás predestinado, cretino, pues sí y no, imbécil: el no poder estudiar ésta no me obliga a seguir estudiando aquélla: hay otras salidas, variadas y variables opciones donde entra de nuevo e indefectiblemente el concurso del azar, pura inercia ilógica y casual, tan indisoluble a la vida misma como la sal al agua del mar. Hay mil y un condicionantes, por supuesto, hay más probabilidades de que un chico de un barrio periférico y marginal se convierta en un pinta, yonqui, camello, o chapero, que otro que amanezca en un barrio residencial de la zona norte -no sé por qué, pero casi siempre el norte geográfico es sinónimo de riqueza- con aspecto de principado de lujo, pero no es condición inexorable como no lo es profesar la maldad tras haber sentido dentelladas de crueldad en carne propia. Y es que muchas veces todo es según y en virtud de un cómo azaroso: leemos que iba uno a coger un avión con destino a Melilla y al final le pasó el billete a un amigo que aterrizó en la Muerte, blasfemamos en arameo como exclamaríamos a voz en grito si mañana tocase la bonoloto y nos volviéramos ricos podridos , esa especie de riqueza inesperada y arbritaria, como de felicidad descompuesta en etílica algarabía que se ve en televisión antes de Navidad. Pero es que si no juegas no te toca al igual que si no sales a la calle no encuentras a nadie, gente anodina o personas que realmente merecen la pena, la chica que conocí mediada una madrugada y que hasta entonces, sintiendo un filo de rabia y pena, me di cuenta de que era como si no hubiésemos existido, difuntos en vida. Qué extraño: era la nada que por azar se convierte en alguien a quien se puede besar, tocar, hablar, conocer, del mismo modo que alguien pretende algo cuando escribe y se presenta a certámenes literarios aun pronosticando el frustrante vaticinio de que jamás le darán un misérrimo accésit (confieso que ya no es mi caso, pero en el intento te puedes incluso dejar la piel), si acaso para sacarlo del anonimato y del sempiterno complejo de escritorcillo del tres al cuarto que lo envuelve como chupa barata de mercadillo semanal. Antonio Muñoz Molina lo intentó con uno de sus primeros relatos ("El hombre sombra"), y al final lo consiguió al segundo o tercer libro publicado: daría un potosí por preguntarle si él cree en lo increíble del azar como quien cree en el mal de ojo o en el vudú, una superstición absurda y caprichosa que pende de nuestras vidas. Husmeo por intuición que algo así debe ser el azar. |
***BALTHOS***
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