

TENDEDEROS
por ***BALTHOS***
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Casi todos los días, congraciado, un poco clandestino, gustaba de acodarse en el alféizar de su ventana antes de ponerse a estudiar: las hebras de sol le bronceaban la cara, disimulando su barba despuntada, caricias de calor que le proporcionaban una sugestión de aplomo etílico y distanciamiento del mundo. Hacía varias mañanas, sin embargo, que no era del todo ajeno a lo que veía: desde el edificio de enfrente una chica de edad indefinible pero de pecho más que empedrado se afanaba por tender la ropa con puntualidad doméstica, en idéntico gesto, la misma desenvoltura y naturalidad femenina, terreno que a él siempre le estaría vedado: el temor a mirar y ser mirado, y verse ridículo y rojo como una grana o rígido como una férula y no saber qué hacer. <<Lo que valgo en valentía a la hora de elucubrar, se viste de cobardía cuando actúo en realidad>>, escribió en su pensamiento mientras, inclinado, se apoyaba contra el marco de la ventana como un poeta acabado tras recitar monólogos de furiosa desdicha. Pero ella continuaba allí, dulce, laboriosa, impregnada de una ternura tan secreta como la que ponía en ponerle las pinzas a un jersey, o la forma inconsciente de echarse el pelo hacia atrás. Un día la chica tendió unas braguitas y una especie de corpiño que haría las veces de sostén. Pero eso no le llamó al deseo. Éste le sobrevino varios días después cuando imaginó el silencio rumoroso de una camisa deslizándose sobre su piel. Pasó de ella como pasó el tiempo. Un domingo cualquiera fue al parque, se encontró con multitud de rostros desconocidos, y en un instante de pavor creyó reconocerla: le dio un vuelco la sangre al ver que podría y no podría ser. La miró con descaro, casi con codicia, como si se mirara a un pariente muerto que vuelve a la vida y deja una sensación de molesta extrañeza. La chica le sostuvo la mirada, neutra pero segura de sí, que rápidamente posó en la figura de alguien que le dio un beso en los labios y se la llevó abrazada. La duda de si era o no era ella siempre pervivirá con él. Ayer mañana se asomó a la ventana y miró como sin pensar hacia los tendederos de enfrente. El sol le cegaba la vista. Aun así, pudo ver cómo una chica sonreía y agitaba una mano, besaba la palma y soplaba como si lanzase pompas de jabón. Tras mirar a diestro y siniestro y comprobar que no había nadie, quiso que se lo tragara la tierra. Ruborizado, clausuró la ventana. |
***BALTHOS***
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