HEREDEROS DE LA TIERRA

“Bienaventurados los mansos porque ellos recibirán la tierra como heredad ”, Mateo 5:5

Es una costumbre entre los Aimara que un viejo cacique comunero acompañe a los jóvenes pastores en su primera salida con el rebaño de la tribu. En la planicie sobre las montañas, el anciano los reúne junto al fuego y cuenta una historia para acortar la noche.

“Hace mucho, cuando la tierra todavía tenía olor a nuevo y el tiempo era apenas un par de granitos de arena, el creador de todas las cosas trabajaba en su taller. Con sus manos hacía bolitas como lágrimas que se acumulaban en cantidades infinitas formando montañas a su alrededor. Al finalizar el día recorrió con la mirada su obra; satisfecho ordenó a sus ayudantes que guardaran todo en la bóveda celeste y se retiró a soñar. Éstos comenzaron a acarrear las bolitas pero había tantas que, al terminar el trabajo, estaban muy cansados y ninguno se ocupó de cerrar las puertas. Fue así como al despertar, para ver la salida del sol, el creador se encontró con la oscuridad poblada de puntos luminosos que brillaban con intensidad y lejos de enfadarse sonrió complacido”. Desde entonces, las noches de los pastores Aimara son ricas en estrellas que les llenan los ojos.

Así son las costumbres, cuando un hombre muere en las grandes ciudades, su cuerpo es guardado en una bóveda, pero cuando muere un pastor Aimara se abre la tierra, lo recibe y en el cielo se enciende una estrella.

Juan José Noche

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