

por Juan José Noche
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“Luna en el agua recogida en la concha de una mano: ¿es real, irreal? Eso fui yo en el mundo”. Ki no Tsurayuki (882-946) Cuenta una antigua leyenda familiar que un Kaji pidió a Kamikaze “, el viento de los dioses”, un rayo de luna. Esperó en el bosque, guardando ayuno sin dormir, durante treinta días con sus noches. El viento lo premió por su paciencia con dos rayos, uno grande y otro pequeño. El viejo monje, debilitado por el sacrificio, rogó a Kamikaze que los templara en el mar. Con la fuerza de sus tifones, el viento dio mil forjas a cada uno. Regresó al bosque y depositó en las manos del anciano a Katana, “ el alma del guerrero”, y a Wakizashi “, el guardián de su honor”. Heredadas por la estirpe del viento desde el viejo monje, pasaron, de generación en generación, durante siete siglos. La llegada de Ichiban, el viento del sur que anuncia la primavera, le trajo la noticia de la muerte de su único hijo. El viejo guerrero sabía que la existencia es tan efímera como el rocío de la noche y la escarcha de la mañana. Un Samurai tiene siempre presente que ha de morir, pero su corazón estaba triste, herido por el dolor de un padre que sobrevive a su hijo. Cuando las lluvias terminaron, el inicio de agosto mantenía el calor del verano. Sentado sobre sus talones, la primera luz del día encontró al anciano contemplando el jardín. Podía ver la isla de Miyajima donde los monjes buscaban armonizar un mundo convulsionado. A sus espaldas, la ciudad despertaba bulliciosa y cambiante, contrastando con el paisaje. Sentía que su tiempo había pasado, con la flor del cerezo y las imágenes que las estaciones le daban para su contemplación. Tomó entre sus manos delicadamente a Wakizashi. Frente al altar familiar retiró su guarda dejando al desnudo el espejo azulado del metal. El reflejo de una luz potente como un sol cayendo sobre la tierra, con tonalidades naranja lo deslumbró, obligándolo a cerrar los ojos. Un aliento de fuego, bramando violento invadió la estancia. El viento del oeste cubrió a su paso con la noche la estirpe, robándole el honor. El mundo había cambiado. |
Juan José Noche
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