

EL PRIMER PATIO
por El Ladrón de tus Sueños
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Estamos en el año 2005, la carretera esta concurrida, mientras el verde del olivar nos dice que nos vamos acercando a nuestro destino. Ya a lo lejos, en la cima de la montaña, se divisa el pueblo, ese pueblo que me vio nacer y por el destino de la vida nos tuvimos que ir. Mientras más nos acercamos, el hormigueo del estómago se intensifica: Son muchos los recuerdos que nos dejamos atrás. Ya, dentro del pueblo, recorriendo sus calles, el saludo de los amigos se hace más intenso. Todos quieren que paremos para preguntarnos: ¿que tal por la ciudad?, ¿como os va?… ¡nos alegramos de veros!…. Pasamos por la plaza del Ayuntamiento, donde se encuentra la Iglesia, de piedra, con una torre tan alta que parece tocar el cielo. Vamos llegando a nuestro destino, a mediados de la calle ya se divisa la cal de las paredes de la casa de mi abuelo, esa casa que siempre hemos tenido las puertas abiertas. Paramos, nos bajamos del coche y nos dirigimos hacia la puerta principal, esa puerta donde tantas veces golpeamos con el llamador en forma de mano, pues mi abuelo se resistía al invento del timbre. Sacamos el manojo de llaves, y abrimos la puerta, al entrar nos encontramos con el silencio de una casa donde antaño había un trasiego de gente. Cerramos la puerta y nos dirigimos al PRIMER PATIO, de los tres que hay en la casa, y es cuando más intensos se vuelven nuestros recuerdos, que nos hacen retroceder muchos años atrás, tantos que yo no había nacido, pero ya se encargaron en contarme todo lo que allí había ocurrido en esas noches de verano, sentados en una mecedora antigua. El patio es cuadrado, con arriates de una diversidad de flores puestos en hileras y pegadas a la pared. En la parte de la derecha hay un arco cerrado y en su pollete nos encontramos la dama de noche, que hace las tardes sean perfumadas, y en la parte de la izquierda se encuentra el jazmín que nunca ha faltado en esta casa. En la parte superior aún se divisa el enrejado de alambres donde en su día colgaba una parra, que con sus uvas nos hacia las delicias y su sombra nos refrescaba en las tardes calurosas de verano. También se encuentran las canales, y los días de lluvia hace que el sonido del agua sea una música celestial. En frente, se encuentra una puerta donde se divisa el segundo patio, allí se encuentra el pozo, donde nunca ha faltado el agua aún en tiempos de sequía.. pero eso, es otra historia. Al poner el pie en ese PRIMER PATIO, mi mente me hace retroceder muchos años atrás…. estamos en el verano de 1.981 Mi abuela se encuentra en la cocina desde muy temprano, en su interior hay un horno antiguo de leña, donde se hacen los panes. Mientras, mi abuelo y yo nos encontramos en el patio, él se encuentra sentado en una silla de enea, mientras me dispongo afeitarlo, le gustaba que lo hiciera, pues así podíamos hablar. Cuando le ponía el jabón de afeitar con la brocha siempre me contaba la misma historia…. “Había una vez un barbero que no tenía apenas clientela, y siempre se lamentaba a su mujer de lo mal que le iba, que no le entraba gente… la mujer era guapa, con grandes pechos.. , entonces ella le dijo: verás como se soluciona el problema, tú cuando termines de darle con el jabón me llamas… y así lo hizo. Ella llegaba, y sacando un pecho le pasaba el pezón entre los labios para poderle quitar el jabón sobrante … tal fue la sorpresa del cliente que se lo contaba a todos sus amistades… desde aquel día nunca le faltó clientela al barbero”. Tal eran nuestras risas, que mi abuela le decía que esas cosas no me las podía contar, que qué vergüenza… y nos mirábamos los dos y sin mediar palabra nos reíamos todavía más. Me contaba, que en sus años mozos se levantaban a las 5 de la mañana, con el cacareo de las gallinas que anunciaban el amanecer del nuevo día. Toda la casa empezaba a coger movimiento. Todos se encaminaban hacia la misma dirección, al PRIMER PATIO, donde la palangana les esperaba con el agua calentada en esa cocina, y al lado el jabón, áspero, de color verde, pero de un olor intenso pero agradable. Tras un fuerte desayuno, todos se iban al campo, a trabajar hasta el anochecer. Cuando regresaban, ya se encontraban con la palangana en la mismo sitio y preparada para su uso. Y es cuando, tras el obligado aseo, más se disfrutaba del patio. Se sacaban las sillas, y en círculo nos ibamos sentando, y empezaban a comentar lo sucedido en el día…. Poco a poco la noche llegaba, y las ganas de cenar empezaban a florecer, ahí es cuando mi abuela se ponía a freír los huevos fritos con jamón para todo el mundo. Ella sabía lo que a mí me gustaba, y esa era la cena obligada cuando yo estaba allí. Se sacaba la mesa al patio. La bota de vino no podía faltar y nos la íbamos pasando el uno al otro, sin prisa pero sin pausa, se saboreaba la situación. Tras la copiosa cena, venian las diferentes conversaciones.. “¿sabéis quien se va a casar?... siiii, Carmen la del “Traga”, dicen que se va a casar embarazada de 3 meses… pues el otro día me encontré a Luis “El Tiraillo”, me dijo que había vendido la tierra colindante a la nuestra… este año la cosecha va a ser muy buena…”, y el tema clave de todas las conversaciones de la gente del campo es el tiempo que va a hacer en los próximos días, como si fueran los hombres del tiempo del telediario: no se equivocaban en lo que predecían. Las tertulias eran interminables. Así pasábamos las pocas noches que teníamos cuando nos quedábamos en la casa del PRIMER PATIO. Sobre las once de la noche, iban desfilando cada uno para su cuarto pues el siguiente día sería lo mismo de duro e intenso como el anterior. Una llamada me hizo volver al presente: nos teníamos que ir. Ya nos vamos, me decían. Cerramos la puerta con llave. Es como un teatro que cuando termina la función, echa el telón y sabe que jamás volverá a pisar ese pueblo, la última función ha terminado. Tras cerrar, la última mirada a esa casa del patio donde tanto hemos vivido hace que nuestros ojos se pongan chispeantes, húmedos… nuestro caminar se hace lento y cada dos pasos miramos hacia atrás esperando que mis abuelos aparezcan despidiéndonos y con las manos levantadas nos digan: “buen viaje, ir despacio..”, pero eso no sucederá más. Nos subimos al coche y ya sin mirar hacia atrás, nos disponemos a regresar. Allí hemos dejado todas nuestras antiguas raíces, pero ahora tenemos que plantar las nuevas. El coche sale del pueblo, y poco a poco nos vamos alejando de nuestro pasado y nos vamos acercando a nuestro futuro. |
El ladrón de tus sueños
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