

LA DAMA Y EL CAMPESINO
por El Ladrón de tus Sueños
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Trabajaba en la tierra. Todas las mañanas se levantaba muy temprano para dar de comer a los animales, y poner a la yunta de bueyes los aparejos para empezar la tarea del día. Era pobre pero muy feliz. Las riquezas de este mundo no le atraían y su única preocupación era que el trigo fuese recogido a tiempo, antes de que llegasen las primeras heladas. Nunca pensó en casarse, pues sus muchas obligaciones apenas le dejaban tiempo. La dura labor de las tierras y las peticiones de sus muchos amigos, a duras penas le permitía tener tiempo para pensar en buscar una compañera. Su soledad la combatía con algunas reuniones con sus más allegados amigos y sintiéndose afortunado, no se hacía preocupado por buscar una mujer. La mujer,de nombre Leida, era joven y hermosa. Había muchos hombres que la pretendían, pero ella los rechazaba, pues su corazón le decía que aún no le había llegado su principe azul. En una ocasión ocurrió que Esaul bajó al mercado y se acercó a un grupo de hombres que se arremolinaban en torno a los mercaderes, se pusó a escuchar y se deleitó con el relato de la hermosura de una mujer de una aldea vecina que, según aseguraban era tal, que el sol se quedaba eclipsado y las estrellas se apagaban tras el paso de ella. Días más tarde los mercaderes llegaron nuevamente al pueblo de Bansaf y entregaron la carta que les dio el campesino a la bella dama. Al principio rehusó cojerla, pero la curiosidad pudo más y le hizo cambiar de opinión, llevándosela a casa para leerla tranquilamente. Leida preguntaba incansable a los mercaderes sobre Esaul, que le contaban las últimas noticias sobre algún caso que había resuelto, el ingenio que había usado para alguna solución o se recreaban en sus conversaciones con el humilde sabio. De vuelta en casa, leía devorando las palabras de las cartas de su amado, inflamando su corazón al imaginarse junto a él. Daba gracias al cielo por haber despertado la pasión en ese hombre del que todos hablaban e imaginaba sus gestos, su voz y su cara, besándola en sueños miles de veces. Así estuvieron unos meses envíando y recibiendo mensajes. Ansiaban el día de mercado para recoger el correo y deleitarse con su lectura. Sintiendo, cada uno de ellos, la emoción de haber encontrado con quien compartir el resto de sus días. Y llegó el mencionado día. Se vistieron con las mejores galas: él con camisa de seda y pantalones del mejor paño, cubriendo el rostro con un turbante. Ella, eligió una túnica bordada en oro y se tocó con un velo de fina gasa que impedía levemente la visión de su belleza. Cuando llegó al lado de su amada, la abrazó tiernamente y depositó un suave beso en sus labios por encima del velo. La sentó de nuevo sobre la fresca hierba y la rodeó de bonitos presentes que traía en su saco: joyas, perfumes, ricas telas... todo lo que pudo comprar vendiendo parte de sus enseres. Esaul, hinchado de felicidad, miraba a su amada sin importarle el velo. No tenía prisa por que ella se descubriera, ni le importaba, porque estaba hechizado por aquella mujer, cuyo espíritu fue conociendo a través de sus cartas. Ella, por su parte, no pudo resistir más la curiosidad y alargó el brazo para quitarle el turbante que llevaba en la cara. Quería hablarle de amor, repetir insaciable lo que ya le había dicho en sus cartas... pero tal fue el desagrado al verle el rostro, que se quedó paralizada, no sabía escapar de aquella fealdad. Todas las frases de amor que tanto había ensayado se perdieron entre laberintos de su mente. Todo lo que ella había querido decir se esfumó como el humo que sube por la chimenea y se pierde en el aire. Pues lo único que pensaba era: "¿Como puedo pasearme con orgullo por la aldea al lado de éste hombre? Seré el hazmereír de todas las doncellas". En un momento se borraron todas las esperanzas de amor vertidas en la bella dama, por aquél hombre justo, bueno, honesto, sabio... Amado por muchos y respetado por todos. En un momento ella dejó de ver con los ojos del corazón a aquél que en la distancia supo conquistarla, a aquél que supo elevar su espíritu hasta hacerle alcanzar la felicidad con ni tan siquiera rozarla. En un momento percibió el rechazo de su amada a través de las transparencias de su velo. En un momento supo disculparse por su feladad y tomando la mano de la bella dama, la besó con delicadeza. Ella, inmediatamente la apartó, pero no antes de sentirla húmeda y saber que fue una lágrima la que la mojó. Días después, Esaul recibió un último mensaje de Leida, una carta fría a la vez que cortés, en la que se lamentaba de la brevedad de su encuentro y se disculpaba por no poder continuar con la relación hasta entonces mantenida: "...así que no tengo más remedio que poner fin a esta relación por considerarme engañada. Si hubieras sido sincero, me habrías dicho que eres feo antes de robarme palabras de amor que jamás hubiese mencionado en otras circunstancias. Tú, con artes de magia, quisiste hacerme creer que de ti emanaba una belleza de la cual careces, dándome a entender a través de tus cartas que eras el hombre que siempre deseé y con el cual compartiría el resto de mi vida...". Lleno de desesperación, rompió la carta en mil pedazos, tantos como lágrimas derramó. Poco después, Esaul desapareció para siempre de la comarca y nunca más se supo de él. De Leida se sabe que nunca llegó a ser feliz, pues aunque terminó casándose con un hombre muy apuesto, cuentan sus doncellas que la oían suspirar durante la noche, asomada a la ventana que está orientada hacia el bosque llamado "El secreto de mi corazón" y que cada martes acudía al mercado y preguntaba al mismo mercader: ¿No tiene ninguna carta para mí? En este caso no podemos decir que fueron felices y comieron perdices, pero podemos sacar una concluision positiva: |
El ladrón de tus sueños
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