LA DAMA Y EL CAMPESINO
por El Ladrón de tus Sueños


Este relato transcurrió hace muuuuuchos años, en un país muy lejano.
Habia dos personas que no se conocían, un hombre y una mujer, que vivían en diferentes aldeas: Mamber y Bansaf.


El hombre, Esaul,  no era guapo, en realidad era muy feo. Su cara no tenía proporciones armoniosas, y una viruela de pequeño le causó cicatrices profundas que empeoraban su poco agraciado rostro, pero con su amabilidad, su forma de hacer y su sinceridad lograba que nadie se fijara en su físico y sí en sus actos. Era justo y por ello sus palabras eran sentencia para sus vecinos. Era sabio y hasta él llegaba gente de toda la comarca para pedirle consejo. Era amable, servicial y atento, lo que hacía que el pueblo entero le adorase. Su fama llegaba a lugares insospechados y, salvada la primera impresión de su aspecto, la valía de su espíritu le hacía bello a los ojos de los demás.

Trabajaba en la tierra. Todas las mañanas se levantaba muy temprano para dar de comer a los animales, y poner a la yunta de bueyes los aparejos para empezar la tarea del día. Era pobre pero muy feliz. Las riquezas de este mundo no le atraían y su única preocupación era que el trigo fuese recogido a tiempo, antes de que llegasen las primeras heladas. Nunca pensó en casarse, pues sus muchas obligaciones apenas le dejaban tiempo. La dura labor de las tierras y las peticiones de sus muchos amigos, a duras penas le permitía tener tiempo para pensar en buscar una compañera. Su soledad la combatía con algunas reuniones con sus más allegados amigos y sintiéndose afortunado, no se hacía preocupado por buscar una mujer.

La mujer,de nombre Leida, era  joven y hermosa. Había muchos hombres que la pretendían, pero ella los rechazaba, pues su corazón le decía que aún no le había llegado su principe azul.
Todos los martes salía para el mercado ambulante que recorría cientos de leguas para poder vender sus mercancias, y de camino llevar las noticias de un lugar al otro.
La mujer era tan bella que todos los mercaderes se esmeraban en obsequiarla, prendados por su hermosura, y ella, con su encantadora sonrisa, les daba las gracias por sus atenciones.

En una ocasión ocurrió que Esaul bajó al mercado y se acercó a un grupo de hombres que se arremolinaban en torno a los mercaderes, se pusó a escuchar y se deleitó con el relato de la hermosura de una mujer de una aldea vecina que, según aseguraban era tal, que el sol se quedaba eclipsado y las estrellas se apagaban tras el paso de ella.
Se quedó tan prendado por la narración de los comerciantes, que corrió a su casa, y escribió una carta.  En ella describía como era su aldea, como eran sus habitantes, y como era él. Una vez terminada, corrió de nuevo al mercado y se la entregó a los mercaderes, con el encargo de hacérsela llegar a Leida.

Días más tarde los mercaderes llegaron nuevamente al pueblo de Bansaf y entregaron la carta que les dio el campesino a la bella dama. Al principio rehusó cojerla, pero la curiosidad pudo más y le hizo cambiar de opinión, llevándosela a casa para leerla tranquilamente.
Con cierta impaciencia, la bella dama leyó la misiva, quedando gratamente complacida, maravillada de todas las cosas que en ella se describían. Volvió a leerla más despacio y notaba algo extraño en su cuerpo, una sensación que antes no le había ocurrido. Fue tal la emoción que la invadió, que no pudo contenerse y escribió una letras para Esaul, su desconocido caballero, y acto seguido volvió al mercado y se la entregó al mismo tendero que le hizo llegar la anterior.

Leida preguntaba incansable a los mercaderes sobre Esaul, que le contaban las últimas noticias sobre algún caso que había resuelto, el ingenio que había usado para alguna solución o se recreaban en sus conversaciones con el humilde sabio. De vuelta en casa, leía devorando las palabras de las cartas de su amado, inflamando su corazón al imaginarse junto a él. Daba gracias al cielo por haber despertado la pasión en ese hombre del que todos hablaban e imaginaba sus gestos, su voz y su cara, besándola en sueños miles de veces.

Así estuvieron unos meses envíando y recibiendo mensajes. Ansiaban el día de mercado para recoger el correo y deleitarse con su lectura. Sintiendo, cada uno de ellos, la emoción de haber encontrado con quien compartir el resto de sus días.
Cada vez más exaltados, decidieron dar cuerpo a sus anhelos y planificaron un encuentro: Se encontrarían en un bonito bosque de fragantes aromos y suaves lomas llamado "El Secreto de mi Corazón", a mitad de camino entre las dos aldeas, donde los novios acudían para hacerse promesas de amor y fidelidad eterna.

Y llegó el mencionado día. Se vistieron con las mejores galas: él con camisa de seda y pantalones del mejor paño, cubriendo el rostro con un turbante. Ella, eligió una túnica bordada en oro y se tocó con un velo de fina gasa que impedía levemente la visión de su belleza.
Ella llegó primero, y decidió esperar sentada junto al lago la llegada de su amor, ese amor que llevaba tanto tiempo esperando. Tenía que decirle tantas cosas... cosas que solo pueden decirse los enamorados quedo, suave, para que nadie más lo escuche. De repente, por encima de las verdes dunas apareció la silueta de Esaul, que con paso firme y seguro se fue aproximando hacia donde se encontraba Leida, levantada ya y esperando para poder abrazar a su ser querido.

Cuando llegó al lado de su amada, la abrazó tiernamente y depositó un suave beso en sus labios por encima del velo. La sentó de nuevo sobre la fresca hierba y la rodeó de bonitos presentes que traía en su saco: joyas, perfumes, ricas telas... todo lo que pudo comprar vendiendo parte de sus enseres. Esaul, hinchado de felicidad, miraba a su amada sin importarle el velo. No tenía prisa por que ella se descubriera, ni le importaba, porque estaba hechizado por aquella mujer, cuyo espíritu fue conociendo a través de sus cartas.

Ella, por su parte, no pudo resistir más la curiosidad y alargó el brazo para quitarle el turbante que llevaba en la cara. Quería hablarle de amor, repetir insaciable lo que ya le había dicho en sus cartas... pero tal fue el desagrado al verle el rostro, que se quedó paralizada, no sabía escapar de aquella fealdad. Todas las frases de amor que tanto había ensayado se perdieron entre laberintos de su mente. Todo lo que ella había querido decir se esfumó como el humo que sube por la chimenea y se pierde en el aire. Pues lo único que pensaba era: "¿Como puedo pasearme con orgullo por la aldea al lado de éste hombre? Seré el hazmereír de todas las doncellas".

En un momento se borraron todas las esperanzas de amor vertidas en la bella dama, por aquél hombre justo, bueno, honesto, sabio... Amado por muchos y respetado por todos. En un momento ella dejó de ver con los ojos del corazón a aquél que en la distancia supo conquistarla, a aquél que supo elevar su espíritu hasta hacerle alcanzar la felicidad con ni tan siquiera rozarla. En un momento percibió el rechazo de su amada a través de las transparencias de su velo. En un momento supo disculparse por su feladad y tomando la mano de la bella dama, la besó con delicadeza. Ella, inmediatamente la apartó, pero no antes de sentirla húmeda y saber que fue una lágrima la que la mojó.

Días después, Esaul recibió un último mensaje de Leida, una carta fría a la vez que cortés, en la que se lamentaba de la brevedad de su encuentro y se disculpaba por no poder continuar con la relación hasta entonces mantenida: "...así que no tengo más remedio que poner fin a esta relación por considerarme engañada. Si hubieras sido sincero, me habrías dicho que eres feo antes de robarme palabras de amor que jamás hubiese mencionado en otras circunstancias. Tú, con artes de magia, quisiste hacerme creer que de ti emanaba una belleza de la cual careces, dándome a entender a través de tus cartas que eras el hombre que siempre deseé y con el cual compartiría el resto de mi vida...". Lleno de desesperación, rompió la carta en mil pedazos, tantos como lágrimas derramó.

Poco después, Esaul desapareció para siempre de la comarca y nunca más se supo de él.

De Leida se sabe que nunca llegó a ser feliz, pues aunque terminó casándose con un hombre muy apuesto, cuentan sus doncellas que la oían suspirar durante la noche, asomada a la ventana que está orientada hacia el bosque llamado "El secreto de mi corazón" y que cada martes acudía al mercado y preguntaba al mismo mercader: ¿No tiene ninguna carta para mí?

En este caso no podemos decir que fueron felices y comieron perdices, pero podemos sacar una concluision positiva:

SI TE FIJAS EN EL  FISICO, PUEDES PERDER A UN BUEN HOMBRE
HAZ MAS CASO AL CORAZON

El ladrón de tus sueños

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