TRES PODEROSOS GUERREROS

por MARKAMDA

“Estos son los nombres de los hombres poderosos que pertenecían al rey David…”

2 Samuel Cap. 23 Vers. 8

 

El hambre arreciaba hacia casi tres años, por causa de la muerte de Seba; hijo de Bicri; y el ejército de Joab se retiró hacia su rey en Jerusalén.

David; el rey; ante tan desesperante situación; convocó al buen Dios de sus antepasados, lo que Éste le dijo que…”gran culpa se abate sobre tu reino, luego de la muerte a los Gabaonitas…”

Entonces David procedió a hacer expiación, lo que debía sacrificar a siete hombres jóvenes en manos de los Gabaonitas… y solicitó de la vida de dos hijos de Rizpá; y cinco de Micál; hija de Saúl… los cuales cayeron a espada justo en el comienzo de la ciega de la cebada…

Los cuerpos quedaron tendidos a exposición de todos, como sacrificio por la aberración cometida; y una tormenta de lluvia por toda una semana, no permitió que las aves y los animales de carroña hicieran estragos en sus cuerpos; porque eran almas consagradas a lavar la ofrenda ante la idiotez humana…

Luego de esto la tierra perseveró… comenzó a emanar de ella el fruto de sus plantas y el cereal de sus campos… la sonrisa de los niños emergió de entre sus dientes amarillentos y gastados por el polvo… y los morteros comenzaron a golpear el grano seco para separar el endospermo; pericarpio; y el germen para una buena nutrición de sus intestinos…

Pero aparecieron los Filisteos; pueblo del mar, poderoso y guerrero; indoeuropeos del Egeo, que venían arrasando las costas del mar mediterráneo oriental, destruyendo el imperio Hitita y la ciudad cananea de Ugarit… descendientes de Cush; uno de los hijos de Noaj, de raza africana; incircuncisos para los Israelitas, pero expertos en el arte del bronce y el hierro…

Y una y otra vez acometieron contra las poderosas murallas de Israel; una y otra vez; como si la insistente cantidad socavara lentamente la avaricia al saqueo y el poder ajeno.

Y se apostaron en derredor de la gran arcada de la ciudad fortificada, y sus soldados con caras vetustas blandían sus espadas y sus lanzas entre griterío estremecedor… con sus carros y estandartes de tela gruesa cuya inscripción y color denominaba sus raíces y linajes… alforjas con correa de cuero de cabra… armas afiladas y gastadas por el roce de innumerables batallas… bajaron sus brazos acallando sus emociones, para dar lugar a los callados arqueros ,que se mostraban seguros de su letal tarea.

La hilera de tres se adelantó entre la marea humana, y colocándose con un pie de apoyo en el suelo seco, estiraron sus arcos hasta chasquear sus cuerdas tensas al aire; y el recorrido desde el primero al último, era de seiscientos metros de longitud… y despidieron sus finas saetas puntiagudas, en una parábola mortal; como aves de rapiña que se precipitan hacia su alimento… encontrando a su paso la blandura y flexibilidad de cuerpos vivos… que pocos segundos después se encontrarían muertos…

Varios minutos duró la agonía del silbido en el aire… y luego el silencio…

El rey David meditó por un momento; y luego llamó a Jonatán, su sobrino fiel; y le dio poder para que preparara a su pequeño ejército de más de treinta hombres de la guardia de Corps… algo más de treinta contra miles de cuerpos enfundados en densas armaduras y carruajes, bajo una algarabía que rozaba el delirio…

Jonatan distribuyó bajo el conjuro de su experiencia y confianza en sus dirigidos, la disposición de sus guerreros ante el pórtico de la gran ciudad; y sus portales se abrieron como tapas de un gran libro, y el contraste de sus filas con las del enemigo era como una comedia entre un gran dama sustancial… y rieron a carcajadas… y se mofaron hasta que no pudieron sostener más el ardor de sus gargantas…

Se distribuyeron en línea de a diez… unos sobre el campo de rojas lentejas que se alzaba sobre el margen izquierdo de las murallas; otros frente al vasto terreno como estadio sin tribunas… y el tercero, sobre el flanco derecho de rocas escarpadas y extremo pedregullo…

Y cayeron a tierra lacerando sus rodillas… e inclinaron sus rostros ante las miradas atónitas de los intrépidos Filisteos… y al unísono, alabaron a quien fuere la razón de su poder y su existencia…

Las espadas se desenvainaron rasgando el aire tenso; y las miles de almas convergieron en cantidades desiguales, hacia los tres puntos a batir…

El sudor era intenso; entre los que corrían a la muerte; y los que la esperaban…

Josebbasebet; el Tahkemonita; miró a sus hombres con la confianza que siempre impulsaran sus ojos, y con una finta en el aire, golpeó el hueso de la primer cabeza que rodó por el suelo…

Y el tiempo duró lo que nadie puede medir… y el sol pareció inmovilizarse en el firmamento, como queriendo no perder la visual ante el dantesco panorama… y su espada blandió entre el polvo del fragor, hasta que ochocientos yacieron inertes en el duro piso… sin descanso… sin alegría… y respiró inhalando el olor de la sangre de sus enemigos, como el aroma de una flor conseguida bajo el arrojo de un rápido arrebato… y dio orden a sus dirigidos hacia el rápido retiro… y quedo sólo, como horizonte en el alba… y combatió hasta que un pequeño grupo de enemigos huyeron asustados por su arrojo, como perros ante una jauría de lobos…

Por fin; luego de varias horas, pudo descansar sus brazos; pero su mano callosa y temblorosa, no podía despegar la empuñadura de su arma que se le había adherido a su carne...

Sobre el campo de lentejas se hallaba Samah, el Hararita; y sobre los surcos, entre plantas de casi setenta centímetros; desfilaban grandes grupos de impulsivos enemigos… mientras parado sobre el removido suelo, inundó de cuerpos su derredor, como hormigas sobre un embudo de tierra… y cortó tantos cuerpos como persona alguna puede contar en varias horas… y el tintinear de su filos, era como el chirriar de un eje gastado… como el golpeteo de las alas de la inclaudicable muerte…

Entre las filosas rocas estaba Eleazar; hijo de Dodó de Ahohi, que con una lanza larga como el palo de un telar, introdujo al oscuro mundo en el tiempo que dura el análisis de un pensamiento; a trescientos enemigos sin llegar a lograr pestañear… y continuó hasta el atardecer sin descanso… y los enemigos diseminados por doquier, llegaron a aplastar con sus mutilados cuerpos, casi la mayoría del rojo y tupido sembradío…

El atardecer comenzó a asomarse, como niño vergonzosamente escondido… y los cuerpos diseminados se asemejaban a montículos de carne desgarrados por leones hambrientos… y los Filisteos, atónitos con la derrota, pusieron marcha atrás por los senderos que cortaban en cruces los grandes terrenos…

Los tres guerreros aún conservaban sus posiciones, las miradas penetrantes hacia el frente obligado, posesionados por la rígida concentración de la batalla… sus cuerpos chorreaban sangre que no era la propia; tanto; que el círculo del espeso y rojizo líquido.

Cubría lentamente un diámetro de casi siete metros sobre sus laterales… y no tenían heridas algunas, sólo el movimiento palpitante en los músculos de sus cuerpos, daba una vaga idea de vida en ellos…

Ahora vendría el despojo… cuando la chusma y el pueblo saliera a festejar la victoria saqueando todo despojo inerte… y eso el rey bien lo sabía, por ese motivo dio orden a sus soldados internos que no permitiera aún tal cosa; hasta que los tres poderosos guerreros cumplieran sus cometido…

Eleazar, hijo de Dodó de Ahohí… Josebbasebet el Tahkemonita… y Samah; hijo de Agué el Ararita, sin arrojar sus armas, miraron hacia el cielo que ya comenzaba a oscurecer, e inclinándose hacia el polvo; las plantas de lentejas, y el extremo pedregullo; dieron gracias a Quien vive por siempre y para siempre…

Dios había consumado otra salvación

MARKAMDA
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