

ADIOS
por PRÍAMO

La noche ocupó todo el espacio y el tiempo que le quedaba, aún empezando a salir el manto estrellado, cuando sus ojos solo eran dos pequeños puntos que miraban al horizonte. La humedad del rocío no era comparable a la que mojaba su rostro. Perdido en la niebla, hacía rato ya que el barco había desaparecido, como embutido en un absurdo vendaval, del que solo podía rememorar su silueta y adivinar tenuemente sus luces. Apoyado en la última farola que separaba el malecón de las negras aguas, mientras la ceniza ocupaba casi la totalidad del cigarrillo que colgaba en sus labios, y que nerviosamente había encendido, continuó mirando y preguntándose: ¿Por qué?. Allí, en lo más profundo de esa nube que había descendido al mar, iba el amor de su vida. Allí moraba quien le había arrebatado el corazón para recorrer un extraño camino, que él, sabía que tenía que recorrer, pero que en el fondo de su alma odiaba con todas sus fuerzas. Aparecieron, como por arte de magia, esos momentos que hacen que una persona se diga que la vida tiene sentido, aquellas carreras, el primer abrazo, la mirada, la sonrisa, casi una mueca, los ojos dulces que se prendieron en los suyos un instante antes de que sus labios se rozaran, el aroma de su pelo enmarañado en donde él dejaba morir sus dedos, su boca, que tan poco besó y tanto deseó, las manos que se movían y se acercaban, atrayéndose mutuamente, que le rozaban la cara, casi un lamento, que le tomaban las suyas, fundidas en un sincero, lleno, pleno y fugaz abrazo, el tacto de su piel suave que se afianzaba sobre la suya y lo llenaba de sensaciones. Todo aquello se iba en ese momento, desapareciendo en la noche, y él solo conseguía tragarse las lágrimas de dolor que eso le producía, y, mirando al cielo, y rogando al infierno grito su nombre mil veces, hasta que ya no tuvo fuerzas ni para respirar casi, pero su amor, a cada momento, tras cada lamento, detrás del eco de cada grito, se alejaba un poco más, y solo le devolvía un surco iridiscente que dejaba tras de sí la inexorable marcha de ese barco, y eso le recordó, que en un solo instante todo puede cambiar. Volvía a su soledad, mientras ella continuaba el camino que había previsto realizar. Se habían encontrado a destiempo, él confió en poder llenarla de tanto cariño y tanto amor que se sentara a esperarlo, confió en que el destino, esta vez, se equivocara y que esos besos, esta vez, fueran el preludio de muchos más, más plenos, más intensos, más completos; Que sus manos pudieran surcar sin temor toda su piel y aspirar su aroma más profundamente... Pero, no. El destino, que es implacable cuando se pone en marcha, quiso que se completara el anillo que al final del rumbo, estaba fijado lejos de él. Se quedó esperando mucho rato, frío, húmedo, con la mirada perdida y las manos rojas y temblorosas. Los ojos, sus ojos, perdieron el brillo de tanto mirar al infinito y no ver y su mundo volvió, implacable, a golpearlo de nuevo. La soledad, que había estado a su lado todo el tiempo, callada y esperando, se volvió a instalar a su lado, y como compañera perenne ocupo su lugar, a su lado. No recordó el tiempo que así permaneció, pero al final tuvo que volver sobre sí mismo, comenzar a desandar el camino que hasta allí lo había llevado. Tomo su mochila y dejó caer allí mismo lo que contenía en su interior. La Ilusión se la dio a dos jóvenes enamorados que se contaban sus amores en secreto, bajo la oscuridad de un balcón. La Alegría la depositó en un banco, al lado de una muñeca de trapo que alguien olvidó. La Esperanza en el bolsillo de aquella joven que también miraba al mar y que rogaba el regreso de alguien. El Deseo se lo regaló a un marinero que lloraba en un rincón oscuro su mala suerte. La amargura la dejo caer al mar para que se hundiera en lo mas profundo y que nadie la encontrara. El Cariño que recibió se lo guardo para no volver a necesitar nunca más otro. Y el Amor lo guardó para sí mismo, lo enterró en un cofre negro y pequeño que aún conservaba. También se quedó con sus lágrimas, para recordar lo sencillo que es que la felicidad te roce levemente un buen día y lo rápido que se marcha. Ligero de peso, siguió entonces su camino, esperando al nuevo día, a compartir por lo menos con ella, los rayos de sol... Eso no podrían quitarselo |
PRÍAMO
