EL APARTAMENTO

por PRÍAMO

El atardecer había llegado temprano, casi sin transición entre la mañana luminosa y el anochecer prematuro. Las gentes de la ciudad andaban despacio y cansinas hacia sus hogares y las primeras luces de las farolas se dejaba entrever como tenues luciérnagas en la noche.

Pero la luz de ese ático de la casa de tres pisos permanecía aún a oscuras en alguna en sus ventanas, por allí deambulaba el viejo solitario, embutido en su pijama de rayas beiges y marrones, y con sus pantuflas negras que taconeaban a cada paso que daba, el peso de los años hizo ya que desde algún tiempo no saliera de su casa, que no contestara al teléfono y que solo recibiera de vez en cuando los paquetes del supermercado de la esquina, ese que estaba abierto las 24 horas del día, y que tras un timbrazo largo y estridente anunciaba que el paquete había llegado, y él dejaba pasar por el quicio de la puerta el importe de la compra; Nunca abría la portilla de la puerta para ver quién era, ni le importaba, hacía ya demasiado tiempo que se había escondido del mundo, fugado de una vida agitada, y se había recluido en su castillo, lo único que hoy le importaba era la paz y la tranquilidad dentro de sus pensamientos, de una vida gastada y a punto de agotarse.

Tenía cáncer, hacía más o menos dos años que en su ciudad se lo habían diagnosticado, y él ya no tenia ganas de luchar, le dijeron los médicos que si lo operaban, que si le daban sesiones de radioterapia y de quimioterapia, pero él había leído mucho, muchísimo en su vida, como para no saber que daba igual, que cuando la naturaleza se agita y te llama es una tontería no escucharla, por que al final, y siempre viene a buscarte la misma alma, y entonces el espíritu sabe que su tiempo mortal se acabó, y que tiene que encontrar un nuevo envoltorio en donde volver a comenzar.

Había decidido no luchar, pero si vivir inmerso en sus reglas de juego, esas mismas que le había llevado años antes a romper con todo, con su Cátedra de Filología en la Universidad, con sus amigos y parientes, que casi no recordaba, por que nunca quiso tener compañía, ni hijos ni esposa, era un vagabundo, un nómada en un mundo marcado por la tragedia, la violencia, el egoísmo de las personas, la incivilización, el despropósito, y él ya no quería formar parte de esa ruleta que giraba. No, no iba a luchar y se recluyo en su mundo interior, en ese al que había recurrido en tantas ocasiones y que nunca le había fallado, el de sus pensamientos más íntimos, el de su conciencia, la única y mejor compañía que tenía, el de sus sueños incumplidos y el de sus realidades mundanas. El viejo tenía toda la razón para vivir como vivió, y por tanto la misma para morir como deseaba.

Su casa, de paredes de colores y multitudes de libros se le quedaba estrecha para sus pensamientos, y era demasiado grande para sus realidades. No tenía amigos, salvo un agente de la compañía de seguros que regularmente y una vez al mes venía a darle en metálico el importe de su pensión, un pequeño remanente de lo que los demás llamaban civilización y que él denominaba esclavitud, la esclavitud del dinero para seguir viviendo.

Tenía tres televisores permanentemente encendidos y una radio con unos auriculares en la mesilla de noche, se ponía los calcetines al revés para no hacerse daño en los dedos con las costuras, y comía alimentos envasados en los Drugstore, pizzas, perritos calientes, comida china, ó japonesa, ó mejicana, ó hindú, daba igual, solo marcaba un número de teléfono y a los 15 minutos la tenía en la puerta, con el mismo ritual, el timbrazo, el dinero por debajo de la puerta y posteriormente, cuando se había ido el repartidor la abría para recoger la comida.

Todas las noches sacaba el descansillo en donde no había más puerta que la suya, una bolsa con la basura, que alguien, el portero suponía, recogía a una hora desconocida. Le daba igual, y después se acercaba a la ventana, permanentemente limpia que era el escaparate del mundo que le quedaba, era el mejor corresponsal de la ciudad, la mejor agencia de noticias, por allí desfilaba diariamente el mundo, el mundo que había dejado de girar para el, pero que aún lo tenía atrapado en sus redes.

Desde allí podía vislumbrar la peluquería con esa barra giratoria de colores blanco, azul y rojo, el café, con su rótulo estridente reclamatorio de clientes, siempre encendido, siempre abierto, siempre con esa columna de humo blanco que salía continuamente de la chimenea posterior. El parque, con sus columpios y sus canastas de baloncesto, la fuente, en donde los pájaros bebían tímidamente y siempre con prisas, y ocasionalmente revoloteaban y chapoteaban en las mansas aguas de la pila. Los cajones de frutas y verduras en la puerta de la tienda de comestibles, la parada de taxis, la boca del subterráneo, que en determinadas horas escupía ingentes cantidades de personas, y que en otras los volvía a engullir como la boca enorme de la ballena comiendo “krill “. También se dejaba ver ocasionalmente los coches de policía con sus sirenas azules apagadas, y el repartidor de periódicos en su bicicleta, ese chico enjuto y permanentemente tocado con la gorra de Beisbol al revés, que lanzaba los periódicos con una fuerza y una potencia, que más parecía que estuviera jugando la final de la Liga Mayor, y que además nunca se caía, a pesar de los equilibrios que diariamente tenía que realizar para desempeñar su trabajo, niños que se cruzan, pelotas que ruedan perdidas entre la maraña de automóviles, motos, gentes presurosas, algún que otro perro desbocado y ladrador que lo sigue ocasionalmente sumergiendo al barrio en un monótono y estridente sonido con sus desagradables ladridos.

Sí, la verdad es que la ventana era el cable de conexión con ese mundo que permanecía fiel a sus principios, monótono y despiadado, impersonal, multitudinario, ajeno a las gentes, mundo de locos, lo llamaba el viejo, bestiario de gentes de todos tipos y colores, carreras y atascos, gritos y susurros, peleas y reconciliaciones, amor y odio, todo mezclado, y todo a la vez, solo tenía que cambiar el ángulo de visión y allí podía ver a los enamorados besándose tiernamente apoyados en el tronco del árbol, tanto como la discusión entre dos conductores, la carrera del ladrón que acaba de realizar su trabajo, como el llanto de la persona que ha sucumbido a su propósito, el ring - ring del timbre de la bicicleta y el sonido estridente del camión de carga que avisa de su llegada, la voz del repartidor, la sonrisa del niño con su balón nuevo, el elegante porte del ejecutivo con su traje negro y su camisa inmaculada y blanca, con su maletín en la mano, andando rápido y presuroso.

Con todo y con ello el día llegaba a su final y entonces el viejo se sentaba en el sillón, apagaba las luces y entraba en su mundo.

Las luces apagadas de su apartamento invitaban a profundas reflexiones, pero él tan cansado de esas reflexiones, que diariamente volvían una y otra vez a despertar sobre su cabeza profundos recuerdos, se volvió hacia la ventana, para no pensar, para no recordar, y que sus ojos se llenaran de las luces que debajo suya se movían, tintineaban y se apagaban, mientras otras se encendían, y la calle, su calle, tomaba un nuevo color, y las gentes eran, entonces espectros sin cara, formas en movimiento que se trasladaban y ya no tenía el detalle de las caras ó de las ropas, solo las formas impersonales y los gestos abruptos que se producían. Estaba de nuevo solo, y el lo quería así, y lo esperaba durante el día para ser entonces dueño de si mismo.

De vez en cuando miraba al cielo, y allí una pléyade de puntos luminosos le recordaban todos las noches anteriores, y le marcaban el camino para futuras incursiones en el pasado. De vez en cuando las luces rojas y azules en movimiento le recordaban que existía algo más que el mismo y que , por supuesto, no estaba solo, que había muchos otros “ solos” en este mundo, y que cada uno de ellos, tenía una historia que contar, un relato que vivir, como el, como todos los que solitariamente miraban al cielo en busca de una serenidad y una paz que no lograban encontrar si miraban hacia el suelo, y entonces cerró los ojos, y se dijo que era tiempo de descansar, tiempo de partir, que ya eran y habían sido muchas noches esperando sentado en aquel sillón, que ya habían sido muchos días confiando en que fuera el último, que lo llamaran a presentarse ante su propia vida y poder defenderla ante Dios.

Era cierto que no quería continuar, que estaba dispuesto desde hace ya bastante tiempo, desde que decidió no luchar, pero por lo visto la vida no estaba dispuesta a ser vencida aún, y su nombre no había sido requerido por la parca, eso también lo sabía, y no pudo por más que aceptar ese pequeño inconveniente y continuar mirando al cielo hasta que sus ojos poco a poco fueron descendiendo la cortina de su contacto exterior y se quedó profundamente dormido.

Cuando abrió los ojos apreció que había llegado el de la Notaría y que estaba metiendo sus libros en cajas, algunos los ojeaba previamente y otros, los metía directamente, y que revolvía sus cajones en donde no había nada, y en los armarios, y cacheaba los pantalones, los dos pantalones y la chaqueta que tenía y que hacía años que no se ponía. Que guardaba sus pijamas y sus prendas interiores, sus gafas y sus arreos de aseo, que cerraba las cortinas y las llaves de paso de la cocina y que por fin cerraba la puerta al salir.

¿ estas dispuesto a defender tu vida?, escuchó detrás suya, y entonces se percató de que la luz que todo lo envolvía era blanca, ó azul claro, que no podía ver a su interlocutor al girarse sobre sí mismo, que la ventana no reflejaba su imagen, y que ya no podía abrirla, que ya no le dolía nada y de que sus manos eran transparentes.

Miró y miró a su alrededor y no atisbó nada conocido, todo era extraño, gentes que paseaban y lo saludaban, a él que hacía años que no se comunicaba con nadie, y que le sonreían, y que parecía reconocerlo de toda su vida, allí un poco más lejano, una figura se destacaba sobre las demás, avanzaba más deprisa, con una sorprendente sonrisa, y venía hacia él, al principio una imagen imprecisa, después una forma desconocida, y más tarde una imagen recuperada.

¡ Padre ............

Si, y se volvió ha abrazar a él, fuertemente, sus ojos se llenaron de lágrimas y lo que creía su corazón latía aceleradamente, separaba una y otra vez su cara de su hombro para verlo de nuevo, allí estaba, tal como lo dejó a sus 65 años, con su sonrisa, y sus gafas, con su pijama azul claro, con sus manos arrugadas y sus dientes postizos, estaba igual, era su recuerdo. ¡ Padre ! , volvió a exclamar, era un grito de esperanza, era un desgarro en el cielo al encontrar de nuevo a ese al que tanto echó de menos, a ese hombre que forjó su destino y que tantas veces había visto en una placa su nombre grabado en un cementerio vetusto, y que solo podía tímidamente acercar los dedos temblorosos para tocar solamente un recuerdo, para que con ese gesto se comunicara, casi una caricia en esa cara que tanto miró, en esos ojos que tanto le dijeron, en esas manos que tantas veces le ayudaron a levantarse cuando caía, era solamente un deseo de volver a tenerlo entre sus brazos un segundo, un solo segundo, y poder, de nuevo aspirar su aroma, oler su piel, sentir sus manos y el calor de su cuerpo. ¡ Padre !, Tanto te eche de menos, tanto te necesité y nunca lo supe hasta que te fuiste aquel día en aquella habitación del hospital, despacio y solo.

Papá, gracias por estar aquí, esperándome, gracias por todos y cada uno de los momentos que me distes, y por las veces que me añoraste, y por lo que me querías, por darme tu amor y tu cariño, por hablarme cuando lo necesitaba, por regañarme cuando lo merecí, por sonarme los mocos y por abrazarme y darme seguridad cuando era tan niño que no lo sabía apreciar.

Tanto tiempo esperando para verte, soñando que cada día que pasaba era uno menos, y uno más. Tomó su mano, la apretó fuertemente y caminó a su lado, y entonces se dio cuenta de que volvía a ser un niño, y que su padre también le daba la mano a otra persona, y esa a otra y esa también a otra y mirara para donde mirara todos estaban agarrados de las manos, por que al final todos somos uno.

PRÍAMO

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