LA PLAYA

por PRÍAMO

Cuando abrió los ojos, notó que en sus pies tenía frío, un frío, por cierto generalizado y que el agua mansa batía sobre ellos de forma acompasad, se percató que estaba sobre la arena blanca y húmeda de una playa. Elevan do la vista solo vio rocas y acantilados, un paraje desierto, agreste, duro, indómito y desconcertante.

Había navegado mil veces pos esas aguas y la tormenta que se venía anunciando desde hacía días y que él, como tantas veces, creyó que solo eran figuraciones, le sobrevino inesperadamente. Luchó con todas sus fuerzas, poniendo en práctica todos y cada uno de los conocimientos que tenía, pero no pudo evitar el desastre.

Allí solo, mirando a su alrededor, solo encontró miseria, su miseria. Allí afloraron todos y cada un o de los motivos, errores y equivocaciones que había tenido, que durante su vida había plasmado su actual destino y que .................... sin darse cuenta, ahora le pasaba factura.

En todo este tiempo se había contentado con poco, y había dado mucho, un matrimonio equivocado desde el primer día, y del que solo pudo esperar desgracias y tragos amargos. Tenía una hija a la que como las olas, se la habían llevado hace tiempo al mar, y no sabía ni donde estaba ni tan siquiera que había sido de ella: Su pequeña princesa desapareció un día y no pudo volver a ver esos preciosos ojos claros, ni ese pelo rubio que se alzaba en lo más alto de su recuerdo.

Allí, en medio de la nada también recordó a su otro hijo, ese que era el aire de su vida, o que , hasta ahora lo era, con el que paseaba y hablaba, el que le sonreía sin pedir a cambio, el que le acariciaba la cara y el que le miraba a los ojos. Recordó que el amor, dulce y armonioso, era también traicionero y feroz, que toda la calma se transforma en tormenta, y que las olas mansas se cambian en torres de agua que abaten mil vidas.

Allí, en ese lugar recordó que su vida era una farsa, que su corazón ya solo latía de vez en cuando y que aunque había querido huir mil veces, por esos ojos no lo había hecho. Estaba cansado de fingir, de las peleas y malentendidos, de que se le pidieran cosas, cada vez más grandes e intensas y que no se le diera nada, que solo era un pobre hombre enredado en una vida que ya para él, carecía de sentido.

Pero estaba allí, cegado por el resplandor del sol, escuchando la suavidad del mar al replegarse las olas, el viento, no, más bien el aire fresco que ululaba en sus oídos y lo llamaban; El resplandor del sol lo ocupaba todo y tenía miedo de abrir los ojos de nuevo, pero se dijo - que más da, si estoy muerto solo veré mi luz - , si es que la tengo.

Apretó fuertemente los brazos a su alrededor e intentó separar de su pensamiento todo vestigio de su vida funesta y aciaga, se acordó de mil generaciones que le gritaban que no era cierto, que él no era un cobarde, que tenía que seguir hacia adelante a pesar de todo y contra todo. A pesar de que hoy solamente tenía 46 años. Toda una vida gastada en dudas y peticiones, en esfuerzos vanos e inútiles por salvaguardar su moral y sus creencias, esas que su padre le había repetido tantas veces,... el honor, la honestidad, la veracidad, el ser uno mismo, los principios que regían su vida se habían transformado en losas candentes que tenía que llevar sobre su espalda mientras caminaba. Tenía que abrir los ojos, tenía que saber si la muerte le había tocado con su largo dedo, o si tenía aún un soplo, por pequeño que fuera, de vida o de futuro.

Cuando por fin los abrió, lo hizo lentamente, despacio, poco a poco, para que esa luz que notaba a través de sus párpados no le hicieran daño, quería ver algo más que el destello y el fulgor, quería sentir algo, aunque fuera dolor, no le importaba, necesitaba decirse algo, que era fuerte o débil, triste o alegre...daba igual.

Extendió su mano temblorosa y abrió un poco más sus ojos y ..... allí estaba ella, montada sobre ese mismo halo, con sus cabellos al viento, con sus ojos mirándolo fijamente, y que le extendía una pequeña mano, y que le parecía que lo invitaba a caminar.

Sin dudarlo ni un instante y pese a estar ciego logró palpar esos dedos finos y suaves, y se agarró a ellos, se levantó torpemente y cuando estuvo erguido comenzó a caminar al lado. Vio entonces que acompañaba a una sombra tenue, dulce y delicada, pequeña y sutil, con andar gracioso y sin dudas; Se dio cuenta que podía ver su pelo tostado al sol, casi azabache, en una larga melena que le cubría hasta la mitad de una espalda delgada que se movía con elegancia, al compás de unos pasos. Vio que ese halo salía de ese mismo cuerpo, que todo lo impregnaba y que él mismo estaba embutido de esa circunstancia; Se agarró con más fuerza y notó que esa mano también lo tomaba fuertemente, volvió su cara y creyó morir.

Había unos ojos negros que poseían una mirada firme, dulce y penetrante, que hablaban por si solos, que sentían sin el tacto, que oían sin palabras, unos ojos que iluminaban la cara y que era su centro, realmente expresivos en su mirar. No podía apartarlos de ella, no podía mirar a otro sitio, solo a esos ojos que todo lo llenaban y que delicadamente lo examinaban casi imperceptiblemente. Noto que penetraban más allá de su cuerpo y que rompiendo barreras se fundían con él, que todo lo conocía, que todo lo sabía, que nada era ajeno a su sentir, como si hubiera morado en su interior toda la vida. Se atrevió a pensar que era su mismo yo confundido, pero ..... no podía ser, era .... no sabía quien era.

Continuó su marcha, no se atrevió a decir palabra, su sueño, ese que le había acompañado durante tanto tiempo, enfrascado en su memoria, en lo más recóndito de ella, lo tenía delante de sus ojos. Se paró un momento y con él, ella también pero, lo miró, se acercó y puso una mano sobre su cara, dulcemente y mientras lo miraba enmarcó su cara con sus manos, y lo miró con dulzura, con tanta, como ninguna mujer la había mirado.

Sintió que su corazón latía deprisa, muy deprisa, que sus manos temblaban y no de frió, que su boca bisbiseaba palabras ininteligibles y que sus ojos no podían apartarse de los suyos ni por un instante. Avanzó aún con más firmeza, más decidido, y se puso delante de ella, que, de nuevo, parada abrió su boca, más no entendió sus palabras, miró hacia abajo y después al frente, y vio que era menuda, extremadamente bella y hermosa, que desprendía amor y cariño, dulce y melosa, y que por encima de todo era el sol y a luna, el mar y la tierra, la flor y el aroma.

Se abrazó a su cuerpo, y sintió que tenía corazón, que algo había dentro de ella y que el suyo estaba desbocado, la levanto un palmo del suelo y la dejó apoyar los pies sobre los suyos, no quería que la rozase nada, quiso ser su sombra para poder estar siempre a su lado y que cuando llegara la noche pudiera unirse a ese cuerpo. Quiso que el mar desapareciera y que volviera la luz a ser más tenue .

Ambos continuaron abrazados, su pelo hacia atrás empujado por el viento dejaba entrever unas pequeñas orejas y aún más sus ojos brillaban y su boca sonreía y sus manos permanecían ahora a lo largo de su cuerpo, las suyas por su espalda. Y así se acerco un poco más y suavemente rozó esos labios rojos, absorbieron su sabor, dulce y salado, un sabor especial que no había probado, y que no sabía lo que era. Ella no respondió y lo volvió a intentar, y ella ya lo devolvió, suave, casi imperceptiblemente; Sintió que las piernas flaqueaban, que ya sus manos no estaban, ..que mirara hacia donde mirara solo a ella veía. Siguió intentando besarla, pero ya no pudo más, solo un rayo de sol quedaba.

Entonces se dio cuenta de que la muerte ya estaba a su lado, de que no lo había logrado, que quiso y no pudo, que luchó y perdió, y que lo que había visto y sentido era solamente todo el amor que el deseaba que alguien hubiera tenido por él; Todos sus deseos incumplidos durante tantos años habían sido su despedida y su epitafio.

PRÍAMO

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