

TINO
por PRÍAMO

El sol empezaba a adormecerse, y sus rayos, antes luminosos, potentes, y decididos que iluminaban las calles, se tornaban en colores amarillentos, ocres y violetas, las sombras aparecían entre las esquinas y el frescor de la tarde se empezaba a notar tras un día de calor asfixiante, los viandantes se movían ya mas libremente y los abanicos empezaban a ser guardados en los bolsos de las señoras, aún se veían camisas mojadas de sudor andar por las aceras y los vendedores callejeros se apostaban en las esquinas mas concurridas ofreciendo sus productos. El mantero con sus DVD, los chinos con multitud de objetos luminosos, pendientes, colgantes, diademas, juguetes mecánicos, los artesanos alternativos con pulseras, colgantes, pañuelos, barras aromáticas. El puesto de helado callejero que aun se mueve por las calles, pompas de jabón que se mecen entre el aire y hacen las delicias de los niños, el mimo que permanece en precario equilibrio y enhiesto en lo alto de un pequeño pedestal, hoy es la estatua de la libertad la que nos deleita con su imagen. El calor ha desaparecido de la ciudad, y los bares se empiezan a llenar de gentes, la barra de madera de “ Lo Gueno” con sus casi 200 tapas se hace aun mas pequeña de lo que era y se agolpan los paseantes para pedir esa caña refrescante que les alivie de la sed. ...” Una de menudo”..... se escucha. En medio de toda esta maraña de vida, se distingue la figura de un hombre, alto, enjuto, cabellos negros, con cola atrás, vestido de negro siempre, y andar lento, lleva colgada a su espalda una guitarra, la guitarra, fiel compañera en este su otro mundo que lo acompaña en cada paseo, con cada sombra, en cada estación. Tino, es su nombre, aquí, todo el mundo lo conoce. Tino diariamente por la mañana y hasta la mediodía, cuando el calor empieza a ser insufrible, y a partir de la tarde noche, se apalanca en la Calle Nueva, y allí, sentado en las escuetas escaleras de la Iglesia, saca un recipiente de barro, redondo de esos en los que alguna vez estuvo lleno de unas natillas con canela, y lo deposita en el suelo. Y entonces le da la vuelta a su guitarra y mirando fijamente al infinito la acaricia, y ella se deja acariciar, y emite las mas tiernas sensaciones y respuestas a esas manos que se posan por sus caderas y por su mástil, que la recorren en todos su extensión y que lanza al aire sonidos y melodías que seguramente salen de su corazón. Tino, de Argentino, es un personaje, como muchos otros que existen en cualquier ciudad del Sur de esta España, que accedió en algún momento a este clima benigno, a este pueblo cosmopolita y siempre abierto a cualquiera que quisiera venir. El Sur, Andalucía, tierra de calor, de gentes humildes, trabajadores insaciables de un campo árido que siempre tienen una palabra amable, una risa, un gesto que nos hace que seamos abiertos a los demás, será el calor y la miseria acumulada durante tantos años, los que nos ha hecho que la risa, el arte, y la simpatía sea lo único que podamos tener en nuestros corazones. Tino llego a la ciudad, hace mucho tiempo, como él dice, entonces era joven, y mucho, ahora peina canas, y sus ojeras las disimula con unas gafas de sol. Fue poeta y narrador de cuentos callejero, vendedor ambulante, mimo, y malabarista antes que músico. Tuvo una vez esposa e hija, que un mal día la fortuna le robó y él desesperado anduvo por las calles de su Patria buscando al deudor de su desgracia, pero no lo encontró y su pena, dolor y tristeza hizo que se embarcará un triste día en una compañía de música alternativa para surcar un destino ignoto. Cuenta, a todo el que lo quiere oír, en esas pausas entre melodías, que solo posee de esa época un recuerdo que tiene colgado en su pecho, una cadena con una lágrima plateada. Dice que es la última que vertió, y que es suya, que los Santos la transformaron en ese metal, para que nunca olvidara que ya no puede llorar más. Dejó tras si el recuerdo imborrable de una tristeza y se llenó de caminos para buscar algo que el sabia que nunca encontraría. Y allí en las escaleras nos regala las melodías que salen de su única compañera, la guitarra que se lamente una y otra vez de su suerte. Habla poco y ríe menos, sus gestos son siempre los mismos, y allí me paro siempre un rato, y como yo muchos otros caminantes a los que nos envuelve su música, sus toques en la guitarra y nos hace recordar, o nos da un poquillo de ilusión, o nos quita una mijilla de la tristeza que alguien lleva en el bolsillo de su vida. Dejamos allí en ese platillo, desconchado ya, unas monedas y el responde quizás con un toque mas intenso, un gesto de cabeza y creo que una mirada tras las gafas negras que nunca se quita...quizás nos dijo algo?... no lo se a mi me alegro la mañana el escucharlo, el saber que aun está, que no ha perdido la esperanza de que su música lleve ilusión a las gentes que ocasionalmente pasean por esa calle... ¡¡¡ Tino !!!!!!............... ahora cuando acabes nos tomamos una cervecilla!!!! Alguien grita desde atrás mía..... Y Tino mueve la cabeza hacia abajo y la levanta bruscamente y el tañido de su compañera se hace mas hondo y mas profundo, y allí debajo sus gafas negras pasa seguramente las caras de muchas personas, que como yo nos paramos para escuchar un rato una melodía que nos hace sentirnos vivos y con la suerte de estar allí, de poder vivir y respirar, ...... quizás en algún momento vertí una lágrima por tino, por que sabéis..... cualquiera de nosotros podemos mañana ser otro Tino....... Tinooooooooooo..que se enfría la Cruzcampo.....¡¡¡¡¡ vamos ¡!!! |
PRÍAMO
