

COSAS DE LA VIDA
por Yahaira

Acababa de recibir una llamada telefónica… Alguien lloraba desconsoladamente al otro lado del aparato, con tal congoja que era imposible entender lo que pretendía decir: – ¡Dios mío! ¿Quién es?, ¿Qué pasará? Cuando por fin esa persona recuperó la voz, entre suspiros y sollozos reconocí a mi amiga Teresa, que desconsolada me dijo que su marido la había dejado, que se había ido con otra más joven y supuestamente más sana (mi amiga está operada de un cáncer de ovarios y pendiente de los resultados de unas nuevas pruebas). Me dejó desconcertada y sin saber muy bien qué decirle para consolarla por algo que, en principio y de momento, tenía poco consuelo. ¿Qué se le puede decir a alguien en estas circunstancias?... lo primero que se me ocurrió decirle era que su marido es, en aumentativo y masculino, la cabra más grande que ha podido conocer en toda su vida. Pero como sabía que lo quiere con toda su alma y seguramente eso le iba a hacer aún más daño, aunque sinceramente lo pienso, me lo callé y solo de dije que no llorara más, que no sufriera, que la acción de ese hombre no merecía ni una lágrima suya, que él no era digno de una mujer como ella y que la vida es muy justa, al final pone a cada uno en su sitio y más pronto o más tarde todos pagamos por lo que hacemos. Lógicamente todas mis pobres palabras no le sirvieron de gran consuelo, eso era de esperar y la pobre mujer lloraba y lloraba desconsolada y entre el llanto solo le salían palabras entrecortadas, a veces ininteligibles. Pero de todas ellas, las que más me preocuparon eran aquellas que se entendieron claramente –“No puedo vivir sin él… No quiero vivir así… Quiero morirme. ¡Ojala el cáncer me lleve pronto!”-. Ante esa situación yo estaba a punto de hacerle compañía en sus lágrimas. Pero no podía permitírmelo. Si me había llamado estaba claro que era, además de para desahogarse, para apoyarse en mí, para que le diera consuelo, ánimos y fuerzas para superar aquello, así que no se me ocurrió nada mejor que decirle que me esperara en su casa, que me iba para allá con ella… y por el camino ya pensaría qué hacer y qué decir. A la media hora estaba llamando al timbre de la casa de mi amiga. La encontré hecha un desastre a la pobre mujer. Teresa, que siempre estaba perfectamente vestida, arreglada, peinada, pintada y maquillada. Parecía como si hubieran pasado por ella de golpe y porrazo 20 años. Lo que no había hecho con ella el cáncer, lo había conseguido aquél maldito hombre en una mañana …¡no hay derecho a eso! Pero, lo que es la vida y la casualidad… estando preparando un café con ella, me suena el móvil. Un antiguo compañero de trabajo y muy buen amigo mío me llamaba para decirme que su mujer le acababa de pedir la separación matrimonial (¿no os ha pasado alguna vez eso de que los problemas parece que vienen unidos y repetidos?). Esta pareja, llevaba ya mucho tiempo sin entenderse, pero como tenían tres niños, aguantaban la situación solo por ellos y ya daba la impresión de que sería para siempre. Ahora que ya eran mayores, había vuelto a surgir el tema y ella decidió de golpe poner solución a su problema y esa solución pasaba porque él se tenía que ir de su casa. Así que estaba el hombre hecho un ovillo. No sabía donde irse, qué hacer, como defenderse solo en una casa… en fin, lo que suele pasar a muchos en muchos casos. De forma que yo, que no quiero más líos de pareja ni nada que se le parezca, que huyo de eso como alma que lleva al diablo, estaba allí entre dos parejas rotas intentando consolar a una y aconsejar al otro sobre un tema del que no quiero ni pensar… ¿Qué hice?... pues conseguir que Teresa se arreglara, que se pusiera guapa y quedé con mi amigo una hora más tarde en una cafetería cercana “para charlar”. Y allí que nos presentamos mi amiga y yo (a todo esto ella sin saber nada de mis intenciones) y allí que se conocieron los dos, se desahogaron, se contaron todos sus problemas y salió a relucir lo poco y lo mucho que ambos guardaban dentro, con algún añadido por mi parte, claro está. No es que se solucionaran sus problemas entonces, lógicamente. Pero si que se consolaron, se conocieron, se aconsejaron y decidieron seguir viéndose para saber como les estaba yendo a cada uno de ellos. Y con el paso del tiempo ¡quien sabe lo que puede pasar!. Y yo, por mi parte, Celestina casual sin quererlo ni pretenderlo, me volví a casa con la tranquilidad, al menos, de haber ayudado, tranquilizado un poco y dejado a mis amigos en una situación de espera, más conformes con la vida que les había tocado y con la situación por la que estaban pasando en esos momentos. Y ahora me pregunto yo: ¿Por qué pasarán estas cosas? ¿Quién o qué mueve los hilos de nuestras vidas de forma que a algunos les toque pasar por momentos tan traumáticos como los de mi amiga, mientras que otros viven su vida sin mayores complicaciones desde el principio al fin? ¿Es eso justo?... De todas formas, visto lo visto y vivido lo vivido, creo que es cierto y no me cabe la menor duda, después de esto, que se cumple aquella frase que alguien (no sé ahora mismo quién) dijo en alguna ocasión: “Cuando Dios cierra una puerta… se abre una ventana” |
YAHAIRA
