

EL CAMINO
por Yahaira

Era una mujer muy valiente, aunque nunca lo habría pensado de ella misma. Hacía ya diez años que había empezado su andadura en solitario, algún tiempo más que tenía intenciones de comenzarla y algún tiempo menos que una nueva ilusión se instalaba en su vida. Llevaba un equipaje lleno de amor y repleto de ilusiones y esperanzas. Pensaba en El todo el tiempo y deseaba con todas sus fuerzas llegar al final de aquella etapa para, por fin, estar juntos los dos y continuar o pararse, eso era lo de menos, pero siempre uno al lado del otro y haciendo lo que ambos, sin presiones externas de ninguna clase, decidieran hacer con sus vidas. Nada le parecía que pudiera interrumpir su marcha y todos los obstáculos los superaba con alegría. En su caminar en busca de la felicidad encontró de todo, cosas buenas, menos buenas, indiferentes y malas, pero nada podía detenerla. Los malos momentos los iba superando a base de paciencia, apoyándose en su fuerza interior y en algunas ocasiones a base de consumir ilusiones y esperanzas de las que llevaba guardadas consigo. Pasaba el tiempo y la marcha se iba haciendo cada vez más lenta. Empezaba a consumirle la impaciencia por llegar al final, especialmente porque temía que se le agotaran sus reservas. Pero aún seguía con optimismo. De repente todo empezó a hacerse más difícil, había más curvas (que alargaban su camino) y subidas y bajadas continuas (que lo hacían más cansado). Pero aún no eran obstáculos insalvables y los iba sorteando como bien podía, aunque sus reservas cada vez eran más escasas y, por consiguiente, más preciosas. Naturalmente le salía gente al paso a la que saludaba amable y educadamente, pero sin querer entretenerse con ella, porque tenía un objetivo claro que quería alcanzar cuanto antes. A veces, entre esa gente había quien, con buenas intenciones le advertía que el camino era difícil, que se iba a encontrar con obstáculos prácticamente insalvables y que debería ir haciéndose a la idea de que igual no llegaba a feliz término para no llevarse el gran chasco después. Pero ella seguía confiando en sus posibilidades y, de una forma bastante ingenua, en la ayuda que llegado el momento El le prestaría, así que continuaba incansable y siempre mirando hacia delante. Pasó mucho, mucho tiempo, quizá demasiado y empezó a sentirse cansada y con menos ánimos y ganas de continuar… aquello no terminaba nunca. A aquél camino no se le veía el final y, lo que es peor, cada vez estaba más oscuro. Las luces que antes lo iluminaban todo, especialmente cuando se hacía de noche y que lo mantenían agradable y transitable, se habían ido fundiendo poco a poco y ya a penas si quedaban algunas muy salteadas. Iba llegando el invierno, los días eran cada vez más cortos y más fríos y las noches más largas y oscuras. Sus fuerzas estaban casi al límite, de tal forma que se las veía y se las deseaba para seguir adelante. Cada vez las luces que iluminaban el camino estaban más alejadas por lo que tenía que hacer largas caminatas en completa oscuridad durante las cuales, y para no perder los ánimos, trataba de traer a su mente buenos recuerdos e intentaba animarse diciéndose a sí misma que ya tenía que faltar poco, que no podía ser posible que hubiera perdido el tiempo y tantas ilusiones y esfuerzos para nada, su natural optimismo le impedía pensar en algo peor. Intentó pedirle ayuda a El en repetidas ocasiones, pero comprendía que estaba muy lejos, que su camino aún no se acercaba al suyo y que tenía muchas menos fuerzas y mucho menos valor para la lucha de las que había tenido ella, así que no la oía o no entendía bien lo que ella intentaba decirle. La última vez que acababa de hacerlo, tuvo la terrible sensación que la estaba engañando, que era cobarde y que nada era como El le había dicho que sería. De manera que de una forma, un tanto cruel, empezó a darse cuenta que estaba completamente sola. Que aquél camino se había convertido en una especie de espiral sin fin en la que ilusamente se había metido y de la que le iba a costar mucho salir y que, cuando al fin lo hiciera, se habría dejado en ella jirones de su vida y de su alma que jamás volvería a recuperar. Ver esa realidad la dejó de momento hundida y sintió la imperiosa necesidad de sentarse y recapacitar y ver la forma de no perder los pocos ánimos que le quedaban, sacar fuerzas de donde casi no las había e intentar seguir su vida en solitario. Se estaba haciendo de noche… Estuvo mucho tiempo sentada en aquella piedra del camino. Era ya noche cerrada y la luz que la había estado alumbrando se apagó sin previo aviso, así que se quedó a oscuras, la siguiente luz estaba demasiado lejana y ella se sentía demasiado cansada y sin fuerzas como para acercarse a ella. Miró al cielo y descubrió que había una hermosa luna llena que iluminaba el camino con una azulada y pálida luz, que por otra parte sirvió para poder encontrar en su equipaje una linterna con la que alumbrarse para poder, al menos escribir … Eso le sirvió de desahogo y comprendió que hay muchas cosas maravillosas en la vida y en el mundo que siempre van a estar ahí, independientemente de cómo nos sintamos nosotros y que después de un mal momento siempre puede venir uno bueno, tal vez mejor que los anteriores. Que la vida sigue y nunca se sabe lo que nos puede traer ¿por qué pensar que serán contrariedades?. Que lo importante es luchar y no ceder nunca y si no conseguimos un objetivo, pues siempre habrá otros. Esto le hizo sentir mucha de paz en su interior y le dio ánimos y renovadas fuerzas.. Cuando terminó de escribir, esto que os he relatado sintió que su vida había cambiado radicalmente. Repentinamente se sintió invencible de nuevo, comprendió que nadie podría hundirla si ella no se dejaba y a partir de ahí comenzó con nuevos ánimos a continuar su andadura. |
YAHAIRA
