El restaurante de Enrique

por Yvory

De pequeño pasó muchos años en la aldea, vivían en la casa grande del abuelo; las mujeres atendían la cocina y el abuelo y su padre dirigían el restaurante.

Prácticamente su vida se desarrollo al amor de los fogones, a el le gustaba el olor que salía de las cacerolas, y los montones de patatas, y hortalizas que había en grandes cestos. Todos los días por la mañana ya de temprano las subían de la despensa y se ponían a pelarlas, las guardaban en grandes barreños con agua, para en el momento de cocinar estar todo listo y preparado.

A estas horas ya se ponía la tartera del caldo a calentar con agua hirviendo y se comenzaba a hacer la base del consomé: Puerros, zanahorias, cebolletas, hinojo y a la espera de los huesos tostándose en el horno. El resto de la mañana se le añadirá todos los retales de los filetes y los recortes de la carne para asar, en un ricon de la cocina despacito, se conseguía un sustancioso consomé, que será el principio idóneo para una secuencia de conseguidos platos. Y una atención de la abuela, a sus comensales asiduos.

Después venia su padre del mercado con grandes cajas de frutas frescas, molletes y panes mas finos para la mesa, en capazos de cintas de castaño, asomaban los pescados sus colas aun mojadas, y sus ojos siempre expectantes, brillantes como bolas de cristal y en cajas de embalar, se acomodaban los solomillos, costillares, caderas, y jarretes, pollos y conejos. En Navidad y Pascua los cabritos y corderos destronaban a la ternera de la compra.

Por las tardes se daba una vuelta por las casas de labor y siempre traía unos quesos bien catados, cremosos, enrollados en tiras de tela para impedir que la crema se desparrame.

El ayudaba a poner los manteles blancos, recién planchados que aun conservaban el calor de la plancha, y las grandes servilletas, nada de papel, su abuela decía que mal iría el negocio si no había para comprar tela con que vestir las mesas.

Copas finas y cubiertos de alpaca, cestitos forrados para el pan, y sobre el mantel blanco uno más pequeño de colores suaves que hacia la mesa más coqueta, y en cada servicio se reponía.

La parte de debajo de la casa del abuelo era un zaguán muy amplio, donde estaba el establecimiento de comidas, con los años había evolucionado, mucho. Y estaba acreditado de buena cocina. No eran muchas mesas , pero tenían una rotación ligera, lo fogones echaban chispas y el servicio iba rápido , un buena carta que estaba atenta a los cambios estacionales, cuidaba esmeradamente los platos de verduras, y de algo tan sencillo hacia unos de los atractivos de la casa, los espárragos naturales, los pimientos rellenos, los gazpachitos, paellas, y menestras, fabadas y cocidos gallegos, ensaladas calientes de verduras, berenjenas rellenas, sopa de calabaza.

Era una comida casera, limpia y sana, las croquetas de jamón, las tortillas de patata.

Los pescados, desde los blancos exquisitos abundantes en la zona, bien cocidos o en diferentes salsas, hasta los azules horneados con sus ajillos y aderezos. y en la época de la sardina excelentes con su grasa asadas.

Las carnes blancas de léchales y terneros, asadas, estofadas, y la parrilla.. Y postres de la casa. Nada se compraba hecho, todo salía de la cocina de su abuela………

Allí Enrique conoció los secretos de la buena mesa. Y empezó haciendo sus pinitos, respetó la frescura en los platos saludables, que ayudaban a aligerar los menús, se introdujo en el marisco, cocido en su agua de mar y unas hojitas de laurel.

Los vinos fueron buscados allende la geografía gallega y resaltó las buenas bodegas recobradas últimamente.

Un buen trabajo de renovación, sin perder el estilo casero con la cocina de la región

Amplio los comedores de negocios, reservas y celebraciones en la primera planta de la casa, hubo que remodelarla y abrir una salida nueva para la familia, y no a través del servicio del restaurante, había sitio para todos la casa era muy grande.

Una pequeña recepción donde se aguardaba mesa, mientras entretenidos, con unas tapitas de cocina. Su hermana le echaba una mano, cuando estaba en la aldea, pero eso no era siempre y tuvo que coger personal nuevo para servir. Su madre las formo y vigilaba, para que siguieran el estilo de la casa, dos hermanas; Maria e Isabel.

Los domingos por la noche instauro el menú degustación se aprovechaba todo lo que se había comprado esa semana y quedaban las neveras vacías para las próximas jornadas.

El negocio iba bien, requetebién.

Enrique es un hombre afable, de muchos amigos y fáciles para los conocimientos.Todo de blanco enrollado en su amplio mandil, al frente de los fogones esta imponente con su gorro a la antigua usanza. Varias veces es reclamado por sus clientes para felicitarle, el sabe cuando tiene que esmerarse, y lucirse ante un invitado, su clientela confía en el, en eso esta el negocio. Un hombre guapo, alto y sonriente, sale de su cocina con la mano extendida a saludar al amigo,con todos tienen un trato especial. Y así se sienten, cuando son saludados efusivamente, agasajados.

Una copita servida por el chef es una atención que aprecian muchísimo y les deja pletóricos de satisfacción.

Este año para el verano quiere tener la iluminación nueva instalada, y sacar para las horas del anochecer una pequeña terraza, mas que nada para dar un aire de animación, con las grandes puertas abiertas de par en par las cenas prácticamente se sirven en la calle, unas guitarras o un acordeón seria el toque perfecto de este local al lado del mar.

Tiene un plan ambicioso; durante la época de verano, hacer unas empanadas de hojaldre que se podrían vender desde la misma cocina, desde una de las ventanas se hace una venta directa con facilidad y así durante el invierno, cuando el trabajo desciende un poco, las empanadas se podrían distribuir por los lugares de venta de pan. Si sale bien y es rentable todo seria montar un chiringuito, para su expedición.

Uno de los postres estrella es el flan de huevos de oca: Receta familiar antigua en la casa, no tiene mas problema que conseguir la materia prima en cantidad; no estamos en tierra de ánsares precisamente, y el consumo es muy alto, así que Enrique se vio en la necesidad de tener su propia hato de ocas asistidas por un oco un poco loco, que las mantenía en plena actividad todo el año. En primavera solía poner unos huevos a empollar y así a poquitos fue aumentando sustancialmente la recua.

Trasformo la huerta en un amplio ánsar, al fondo, rodeado de un extenso maizal, además de conseguir grano para los animales con poco esfuerzo, los aislaba del resto de la huerta y resolvía eliminar los residuos de la cocina con su alimentación. Son aves voraces que toda manutención resulta poca, eran todos los días grandes cantidades de restos de esa manera, tenia surtida la repostería y sobre todo el exquisito flan

La huerta de la abuela; durante muchos años cuando en el pueblo no había mas que cuatro comercios y un mercado de productos muy locales, mantuvo al restaurante, con todas las hortalizas necesarias; zanahorias, puerros cebolletas pimientos berenjenas calabacines, tomates, habitas de mayo y un sinfín de verduras Hoy día ya no es necesario, la red de distribución de los supermercados es muy amplia y surte de todo lo necesario.

Y ya pegado a la casa habilito una terraza que en época de buen tiempo, se amenizaba sobre todo con gente joven, se reunían todas las noches y con guitarras alegraban el local, desde el piso de arriba se dominaba toda la huerta y las noches buenas del verano utilizaba los balcones, suficientemente anchos para poner una mesas de parejas generalmente, que eran las mas pequeñas.

Si pasáis por el pueblo no dejéis de visitarlo saldréis encantados de la comida y su servicio. La atención al publico es esmerada.

Yvory

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