

DE GRACIA TORRES




El abuelo
Inclinado está en su vieja silla, pequeño, encogido, arrugado, siempre con la boina puesta, y vistiendo descuidado.
Allí me lo encuentro siempre, sentado frente al hogar, con la mirada perdida, vacía de tanto y tanto llorar.
Con sus manos sobre el regazo, retuerce y estruja los dedos, cortando en pedazo el aire y atándolo con nudos luego.
Yo... le observo desde la puerta temblar en su traje negro, ropa de luto que esa muerte dejó cosida a sus recuerdos.
Cuando nota que le miro gira a medias su cuerpo y sin apenas mover los labios me sonríe y dice esto: -“Pasa hija, ven, que ya no tardará la abuela y si tarda yo me iré a buscarla a donde fuera ”.
Ya... ni me arrimo siquiera. Ya... de la puerta me vuelvo. ¿Cómo hacerle comprender que la abuela ya se ha muerto?.
En los ratos de lucidez llora en silencio, con la cabeza hundida, pegada al pecho.
Y yo me ahogo en la pena de que no sea feliz, de que quiera irse con ella y Dios le retenga aquí. |
Gracia Torres




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