DE GRACIA TORRES

El abuelo

Inclinado está en su vieja silla,

pequeño, encogido, arrugado,

siempre  con la boina puesta,

y vistiendo descuidado.

 

Allí me lo encuentro siempre,

sentado frente al hogar,

con la mirada perdida,

vacía de tanto y tanto llorar.

 

Con sus manos sobre el regazo,

retuerce y estruja los dedos,

cortando en pedazo el aire

y atándolo con nudos luego.

 

Yo... le observo desde la puerta

temblar en su traje negro,

ropa de luto que esa muerte

dejó cosida a sus recuerdos.

 

Cuando nota que le miro

gira a medias su cuerpo

y sin apenas mover los labios

me sonríe y dice esto:

 -“Pasa hija, ven,

que ya no tardará la abuela

y si tarda yo me iré

a buscarla a donde fuera ”.

 

Ya... ni me arrimo siquiera.

Ya... de la puerta me vuelvo.

 ¿Cómo hacerle comprender

que la abuela ya se ha muerto?.

 

En los ratos de lucidez

llora en silencio,

con la cabeza hundida,

pegada al pecho.

 

Y yo me ahogo en la pena

de que no sea feliz,

de que quiera irse con ella

y Dios le retenga aquí.

Gracia Torres

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