
En el siglo doce un gran problema aquejaba a la iglesia romana. Mientras que muchos clamaban por la absoluta autoridad de los papas tanto en religión como en política, otros afirmaban que el poder del Papa debía ser sólo espiritual, y que la autoridad en la tierra debía estar en manos de un Emperador. En Alemania se habían formado dos partidos: los Welfen, partidarios de la autoridad papal y alineados junto a los duques de Baviera, y los Weiblingen, que sostenían que los papas debían tener autoridad sólo en el campo espiritual, mientras que el emperador debía engargarse de los asuntos terrenos. Los Weiblingen se agruparon junto a los duques de Suabia. En Italia estos dos partidos fueron llamados güelfos y gibelinos. Federico I Staufen, llamado Barbarroja, nació en Weiblingen en 1123. Fue hijo de Federico II de Hohenstaufen, duque de Suabia, y estaba relacionado con los Welfen por parte de su madre, Judith de Baviera. Su tío era el emperador Conrado III, quien aconsejó en su lecho de muerte que Federico fuera elegido emperador, pues al estar emparentado con ambos partidos podría poner fin a la luchas entre ellos. Al morir Conrado III en 1152, Federico Barbarroja fue proclamado rey de Germania y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Su primer acto fue realizar concesiones a los príncipes germanos para lograr la paz entre las distintas facciones, y limitó el poder de los señores feudales para aumentar la autoridad imperial. El principal objetivo de Federico Barbarroja fue recuperar el prestigio y el poder del Imperio, para lo cual decidió extender su poder en la península italiana. Realizó seis expediciones contra Roma a partir de 1154. El papa Adriano IV huyó de la ciudad. Este momento fue aprovechado por Arnaldo de Brescia, que pedía finalizar con la autoridad papal. Adriano IV lanzó un interdicto contra Roma, quien fue expulsado de la ciudad y ajusticiado por Barbarroja. Tras restablecer de esta manera la autoridad de Adriano IV, el mismo papa coronó a Federico Barbarroja como emperador del Sacro Imperio y le dio la corona del reino lombardo. Al regresar a Alemania nombró a Enrique el León como duque de Baviera y permitió que el marqués de Austria cambiara su título al de duque. Estos cambios permitieron fortalecer la paz en el Imperio. Sin embargo pronto surgirían nuevos problemas con el papado, a pesar de los acuerdos alcanzados por Barbarroja y Adriano IV. Por motivos políticos el Papa se vio obligado a levantar la excomunión que pesaba sobre Guillermo de Sicilia y lo confirmó como rey de Sicilia y Nápoles, territorios deseados por Barbarroja. Además, el consejero de Barbarroja, Reinaldo Dassel, le hizo creer que el Papa aún lo consideraba un vasallo. Durante al Dieta de Besançon, en 1157, el Papa envió dos emisarios para protestar por el encarcelamiento del arzobispo de Lund, y envió una carta en la que hablaba del trono imperial como un beneficio para la Iglesia. La deficiente traducción de dicha carta, realizada por Reinaldo Dassel, daba a entender que el Papa exigía obediencia del Emperador y que sus tierras eran parte del papado, entregado al Imperio como feudo. Airado, Federico Barbarroja apoyó la escritura de libros contra el Papa, afirmando que el papado debía subordinarse al Imperio, entregó como feudos varios terrenos que la marquesa Matilde había donado a la Iglesia, cedió Cerdeña a los güelfos, apoyó a los romanos contra el Papa y rompió los acuerdos del Concordato de Worms al nombrar arzobispos sin consultar con el Papa. Su consejero Reinaldo Dassel llegó a ser así arzobispo de Colonia. Barbarroja defendió en la Dieta de Roncaglia, en 1158, que la autoridad terrenal debía permanecer al emperador de forma absoluta, y que el Papa debía encargarse solamente de asuntos espirituales. La muerte del papa Adriano IV no mejoró las relaciones entre el Imperio y el papado; su intención de limitar el poder de la Iglesia lo enfrentó al nuevo pontífice, Alejandro III. Federico Barbarroja se enfrentó a las ciudades de Lombardía, al exigir sus derechos como rey de cada una. Dirigidas por Milán, estas ciudades se resistieron, y Barbarroja tuvo que realizar cinco expediciones para someterlas. Negando la autoridad del papa Alejandro III, el Emperador nombró una serie de antipapas para conseguir la ayuda de los creyentes. En 1165 Alejandro III excomulgó a Federico Barbarroja y proclamó que sus súbditos estaban libres del juramento de lealtad que los ataban al Emperador. Entre 1167 y 1168 Barbarroja atacó Roma, instaló a uno de sus antipapas, Pascual III en la Santa Sede y se hizo coronar por él. A pesar de esta victoria, sus fuerzas fueron diezmadas por una epidemia de peste, que debilitó sus ejércitos y cobró la vida de diez obispos, la de Reinaldo Dassel y de una gran cantidad de nobles. Al mismo tiempo que la posición de Barbarroja se debilitaba en Italia, se formó la Liga Lombarda, organizada como una federación formada por las ciudades de Milán y otras ocho ciudades que tenían como líder al papa Alejandro III. En 1176 el Emperador fue derrotado por la Liga Lombarda y se vio obligado a reconocer a Alejandro III como papa y firmar la Paz de Constanza, en la que aceptaba la autonomía de las ciudades lombardas. A cambio se le levantó la pena de excomunión. Después de sus derrotas en Italia, Barbarroja hizo de Polonia un estado tributario del Imperio, constituyó el reino de Bohemia y transformó a Austria en un ducado independiente y sofocó una rebelión de los güelfos, dirigidos por Enrique el Léon, que se había convertido en su principal rival en Alemania. También anexionó Borgoña al imperio mediante un matrimonio, y consiguió casar a su hijo Enrique IV con Constanza, hija del rey de Sicilia, con lo que este reino quedó vinculado al Imperio. En el año 1187 Saladino, sultán de Egipto, había reconquistado Jerusalén. Barbarroja inició por este motivo la Tercera Cruzada en 1190, junto con los reyes Felipe II de Francia y Ricardo I Corazón de León de Inglaterra. Pero Barbarroja no alcanzó a ver la Ciudad Santa. Falleció ahogado accidentalmente el 10 de junio de 1190 en Asia Menor, al intentar cruzar a nado el río Kydnos (Selef), en lo que hoy es Turquía. Tras su muerte la expedición imperial en la Tercera Cruzada se deshizo, y el imperio fue heredado por su hijo Enrique IV. |
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