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UMBERTO ECO
EL NOMBRE DE LA ROSA
Los sacerdotes y la Iglesia eran dueñas de almas y haciendas, y es cuando esta institución alcanza el máximo de su poder. Las artes, la ciencia, la moral, la política, la filosofía y hasta la economía dependían de las intenciones y deseos de la Iglesia. Fue por esta época, cuando el ser humano asumió la concepción de tener un alma encerrada en el cuerpo, de lo que se deducía que lo carnal y lo mundano era negativo y opuesto a la gracia divina a la cual se tenía acceso después de la muerte. El escritor y teórico literario Umberto Eco, escoge esta época para ubicar su primer intento literario que resultaría ser un sorprendente éxito: El Nombre de la Rosa, del que el director Jean Jacques-Annaud haría una maravillosa película en 1986, con Sean Connery y Christian Slater. Todo se inicia cuando cae la acusación de herejía sobre varios franciscanos en una abadía de un pueblito de Italia, y el padre William de Baskerville es enviado a averiguar cuál es la situación. Lo acompaña su joven aprendiz Adso, quien nos contará gran parte de la historia con una mirada ingenua y asombrada de los hechos más terribles sucedidos durante su estadía. Aquello que Baskerville esperaba fuera una visita de rutina, se convierte en uno de los episodios más importantes de su vida que pondrá a prueba todos su conocimientos, pues deberá averiguar siete extraños crímenes en los que son asesinados varios frailes. Con un tono de novela policíaca que colabora a atrapar al lector casi instantáneamente, la historia se vuelve envolvente y el suspenso será indescriptible. Esto es una gran ventaja, tomando en cuenta que desde otra perspectiva, la narración es bastante culta, diríamos casi enciclopédica donde Baskerville -cuyo nombre es una clara referencia a la literatura detectivesca como la de Sherlock Holmes (recuérdese la aventura de Holmes y el Sabueso de los Baskerville)- echa mano de todos sus conocimientos para resolver el enigma. Así, el lector encontrará que la lógica aristotélica, la teología de Tomás de Aquino, las reflexiones empíricas de Francis Bacon, y la historia serán las herramientas y las armas con las que el brillante y racional Baskerville podrá dilucidar los extraños sucesos en la abadía, ese laberinto que Jorge Luis Borges veía en las bibliotecas y que Eco retoma en un claro homenaje al escritor argentino (no en balde el bibliotecario es ciego al igual que este escritor y se llama Jorge de Burgos). A todos estos ingredientes, se les suma la curiosidad del lector que es alimentada desde el principio y que lo llevará de la mano de Baskerville a uno de los más maravillosos descubrimientos que ha señalado la literatura: la importancia del lenguaje y la intrínseca relación entre la comedia y la condición humana. Y es que en la Edad Media se dijo que la risa era una cualidad propia del hombre. Los animales no ríen, y la risa alcanzó a ser una categoría teórica desarrollada especialmente por Rabelais y luego por Mijail Bajtin. La risa nos permite -tal y como dijo el propio Eco- vivir con tolerancia a pesar de la conciencia que tenemos de la muerte. Así no nos tomamos la vida tan en serio y nos salimos del drama cotidiano al que nos enfrentamos día con día. Pero una actitud "cómica" puede resultar demasiado peligrosa especialmente en una época en que los placeres del ser humano estaban prohibidos. Esa capacidad de reír puede ser y de hecho ha sido históricamente una de las formas que la humanidad ha tenido para revelarse y transgredir la ley. Eso era el famoso carnaval, donde la inversión de jerarquías era posible mediante la parodia y la sátira. De la Rosa sólo nos queda el nombre, de la literatura sólo nos queda el nombre, de la vida sólo nos queda el nombre. ¿El nombre es acaso lo que nos da la identidad? Ustedes decidan, mientras tanto riamos... |