Iba un día el dios Odín paseando por el país de los gigantes, cuando en un arroyo vio como una enorme nutria se comía un salmón. Odín la cazó y se la llevó a casa de Reidmaro, el gigante. Allí se disponían a cenar, cuando Reidmaro descubrió que la nutria era su hijo perdido, que había sido encantado y transformado en animal hace tiempo. Odín, que por alguna extraña razón, no quería problemas con aquel individuo de tres metros, le ofreció lo que pidiera a cambio de la vida de su hijo. Reidmaro y sus hijos, Fafner y Mime, pidieron riquezas para cubrir el cuerpo de la nutria muerta. Odín fue entonces en busca del tesoro de los nibelungos. Los nibelungos eran una raza de enanos que vivían en las entrañas de la tierra, dedicando su vida y su existencia a guardar el fabuloso tesoro. Odín fue a la caverna donde estaba el rey nibelungo Alberico, y le pidió "amablemente" su tesoro. Alberico no tuvo más remedio que acceder. Mientras Alberico veía con lágrimas en los ojos, como la compañía de mudanzas se llevaba su tesoro querido, Odín se dio cuenta de que el enano escondía algo en su puño. El dios se lo arrebató y vio que era un anillo finamente labrado. Alberico le dijo que el anillo había sido forjado por él mismo y tenía el poder de dominar el mundo, pero que una maldición pesaría sobre quien lo llevara a partir de entonces. A Odín le trajo al fresco, que para algo era el padre de los dioses, y se lo llevó. Odín llevó el tesoro a Reidmaro, y cubrió el cuerpo de la nutria con él. Fafner y Mime pidieron a su padre parte del tesoro, pero este se negó. Fafner mató a Reidmaro, y se apoderó del tesoro. Fafner se negó a compartirlo con su hermano y además se transformó en dragón para poder custodiar mejor sus riquezas. Desde entonces consagró su vida a guardar el tesoro Nibelungo.