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FREY Y EL CORTEJO DE GERD
Según se relata en el mito, cuando los Vanios y los Ases sellaron la paz, hubo un intercambio entre ellos. Los Ases enviaron al dios Honir, y recibieron entre ellos al Vanio Njord y a sus dos hijos, Frey y Freya. Frey era el más hermoso de los Vanios, y pronto los Ases llegaron a quererlo y le dieron como hogar el mundo de los elfos, a quienes gobierna. Frey posee un barco, Skidbladner, que fue fabricado por los enanos Brok y Sindre. Este navío era tan grande que en él podían acomodarse todos los dioses con sus armas. En cuanto despliega sus velas una brisa lo lleva directamente a su destino. Estaba construido con tal maestría que, al no estar en uso, Frey podía doblarlo y guardarlo en su bolsillo. Los mismos enanos le dieron a Frey un jabalí, Gullimbursti, que estaba hecho de oro y que tiraba del carro del dios. Frey poseía también una espada maravillosa que en las batallas salía por sí misma de su vaina y se enfrentaba ella sola contra los enemigos de su dueño. La esposa de Frey es la giganta Gerd. Frey la vió por primera vez en una ocasión en que tuvo el atrevimiento de sentarse en Hlidskjálf, el Trono de Odín. Desde este trono se podían observar todos los mundos, y al volver Frey la vista hacia Jotunheim, el mundo de los gigantes, divisó un gran palacio y a una doncella caminando hacia él. La giganta tenía una gran belleza, y cuando alzó la mano para abrir la puerta todos los mundos fueron iluminados con el resplandor de su piel. Así conoció Frey a Gerd, hija de Gimer y Aurboda. La afrenta de haberse sentado en el trono de Odín no quedó sin castigo, y Frey se enamoró inmediatamente de la giganta, y fue presa de una gran tristeza. Desde ese momento no pudo comer ni dormir, y no hablaba con los otros dioses. Njord y Skade, sus padres enviaron al sirviente Skirner para averiguar el motivo de la tristeza de Frey. Al saber de la pasión de su señor, Skimer se ofreción para ir a buscar a Gerd. Le pidió a Frey su caballo y su espada, y llevando grandes tesoros para conquistar a Gerd partió con rumbo a Jotunheim. Al llegar al palacio de Gimer, Skirner descubrió a unos terribles perros que vigilaban la entrada. Estos guardianes eran temibles, y Skirner cabalgó hacia una cabaña cercana, para preguntar a un pastor el medio de dormirlos para poder entrar al palacio. El pastor se rió, y le dijo que desear entrar al palacio de Gimir era como estar condenado a muerte. Pero desde el interior del palacio Gerd escuchó a Skirner, y al preguntar a su sirvienta sobre el dueño de esa voz, descubrió que estaba ante un enviado de los Ases. Le permitió entrar, y Skirner le habló de la pasión de Freyr. Gerd rechazó la invitación de Skirner de unirse a Freyr. El mensajero le ofreció once manzanas de oro, pero Gerd no las aceptó. Skirner le ofreció entonces un anillo de oro forjado en el yunque de Balder, pero nuevamente Gerd se rehusó. Skirner sacó su espada y la amenazó, pero Gerd era valiente y no temía a Skirner. Éste dijo entonces que daría muerte a Gimer, pero incluso la amenaza contra la vida de su padre no conmovió a Gerd, pues sabía que él podría enfrentarse con facilidad contra Skirner. Éste tomó al final una varita mágica y empezó a trazar runas en el suelo y a pronunciar encantamientos. Habló del frío del invierno y del vacío de una cama sin amor, y dijo que ella estaría atada a este destino si rehusaba a Frey. El encantamiento resultó, y Gerd aceptó recibir a Frey nueve noches después en la isla Bur. Skirner regresó al lado de Frey, a quien dio las buenas noticias. Como recompensa, Frey le regaló a Skirner su espada. La unión de Frey y Gerd se realizó según lo acordado, y ambos disfrutaron de muchos años de felicidad. Sin embargo, al haber renunciado a su espada Freyr estaba desarmado, y luchaba contra sus enemigos con los cuernos de un ciervo. |
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