EZEQUIEL MARTÍNEZ ESTRADA

    Ezequiel Martínez Estrada nació el 14 de septiembre de 1895 en San José de la Esquina, en la provincia de Santa Fe, Argentina. Siendo niño su familia se trasladó a Goyena. Hacia 1907 se trasladó a Buenos Aires, donde vivió con su tía y estudió en el Colegio Avellanda. Trabajó en el Correo Central de Buenos Aires de 1914 hasta 1946, además de dar clases de literatura en el Colegio Nacional de la Universidad Nacional de La Plata. Recibió una gran cantidad de distinciones, como el Premio Nacional de Literatura, el Premio Nacional de Letras. En 1956 enseñó en el Colegio Nacional de La Plata y un año después fue nombrado profesor extraordinario en la Universidad Nacional del Sur, en Bahía Blanca. En 1957 asumió el cargo de presidente de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre. En 1959 sale con destino a Chile para dictar un ciclo de conferencias. Visitó también Austria, México y Estados Unidos. Entre su extensa obra, que abarcó la poesía, la novela, el cuento, el teatro y ensayos socio-políticos, se puede mencionar Muerte y T ransfiguración del Martín Fierro", Radiografía de la Pampa , La cabeza de Goliat, y los ensayos biográficos sobre Sarmiento y Balzac. Ezequiel Martínes Estrada f alleció en Bahía Blanca el 4 de noviembre de 1964. 

SUEÑO

En la silla de mimbre te has quedado dormida
con un fin de sonrisa en la boca entreabierta.
Esta como en cenizas la brasa de tu vida,
y por un poco de aire no acabas de estar muerta.

En las manos se aduerme la luz, como si entrara
por entre carne y piel, y sobre tu regazo
cae un trozo de sombra que te mancha la cara,
apretándose justa, a la curva del brazo.

De tus párpados fluye cierto noble sosiego
que en la frente inclinada se aclara y se depura,
como algo invulnerable que sobre el cuerpo ciego
pusiese una invisible defensa de armadura.

Y me quedo en la orilla de tu sueño profundo
que en su total parálisis todo olvida y desdeña
como si hubieras sido escamoteada al mundo.
Tu no eres nada ahora y yo soy el que sueña.

Te observo fijamente, doblado ante el abismo
que nos separa; evoco tristeza y alegrías
y voy recuperándote como algo de mi mismo
que hubiese desgastado el roce de los días.

Nuestros seres quedaron distantes, en el trato
diario. Somos islas y el mar se extiende entre ellas.
Nos llegan las señales a través de ese hiato,
con la clara fatiga de las viejas estrellas.

Pero aunque me separa de ti, que estás dormida,
ese abismo que ahonda mi espíritu despierto,
algo acopla por dentro tu vida con mi vida.
Vivimos y morimos los dos; eso es lo cierto.

Tu rostro me revela nuestro común destino
y hay en el ciertas huellas de que antes no hice caso,
que son como la impronta del dolor paulatino
de toda tu esperanza y todo mi fracaso.

De pronto me da miedo lo blanco de tu frente
y, arrastrado en el vértigo de estas ideas que urdo,
concibo que podrías morirte de repente,
¡y es un arma cargada mi pensamiento absurdo!

Te digo alguna frase a media voz y apenas
hacia mi voz estiras tu mano en vano empeño,
porque estás como anclada con seguras cadenas
en el fondo del mar en pleamar del sueño.

Quizás, también, mañana yo duerma un sueño fuerte
y a tu vez me contemples con temor infinito,
sin saber que me ido soñando hasta la muerte.
¡Yo no podré tender las manos a tu grito!

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