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RUBÉN DARÍO
Rubén Darío (1867-1916) es una de las figuras más importantes de la literatura universal, y es considerado el fundador del movimiento modernista en la literatura. Nació en Metapa, actual Ciudad Darío, en Nicaragua. Mostró desde muy temprano su afición por la literatura y el periodismo. En 1886 se trasladó a Chile, y allí recibió la influencia de los parnasianistas y los simbolistas franceses. En Chile aparecieron sus libros Abrojos, Rimas y Azul. En 1892 viajó a España, y en 1893 a Argentina, donde publicó Los Raros y Prosas Profanas. Regresó a España en 1893, donde publicó Peregrinaciones, Cantos de Vida y Esperanza, y El Canto Errante. En 1914 inició una gira mundial a favor de la paz, pero aquejado de una grave enfermedad regresó a Nicaragua, donde murió. |
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LA CABEZA DE RAWI
I
¿Cuentos quieres, niña bella?
Tengo muchos que contar:
de una sirena del mar,
de un ruiseñor y una estrella,
de una cándida doncella
que robó un encantador,
de un gallardo trovador
y de una odalisca mora,
con sus perlas de Bassora
y sus chales de Labor.
II
Cuentos dulces, cuentos bravos,
de damas y caballeros,
de cantores y guerreros,
de señores y de esclavos;
de bosques escandinavos
y alcázares de cristal;
cuentos de dicha inmortal,
divinos cuentos de amores
que reviste de colores
la fantasía oriental.
III
Dime tú ¿de cuáles quieres?
Dicen gentes muy formales
que los cuentos orientales
les gustan a las mujeres;
así, pues, si ésos prefieres
verás colmado tu afán,
pues sé un cuento musulmán
que sobre un amante versa,
y me lo ha contado un persa
que ha venido de Hispahán.
IV
Enfermo del corazón
un gran monarca de Oriente,
congregó inmediatamente
los sabios de su nación;
cada cual dio su opinión,
y sin hallar la verdad
en medio de su ansiedad,
acordaron en consejo
llamar con presura a un viejo
astrólogo de Bagdad.
V
Emprendió viaje el anciano;
llegó, miró las estrellas;
supo conocer en ellas
la cuita del soberano;
y adivinando el arcano
como viejo sabidor,
entre el inmenso estupor
de la cortesana grey,
le dijo al monarca: ¡Oh Rey!
Te estás muriendo de amor.
VI
Luego, el altivo monarca,
con órdenes imperiosas
llama a todas las hermosas
mujeres de la comarca
que su poderío abarca;
y ante el viejo de Bagdad,
escoge su voluntad
de tanta hermosura en medio,
la que deba ser remedio
que cure su enfermedad.
VII
Allí ojos negros y vivos;
bocas de morir al verlas,
con unos hilos de perlas
en rojo coral cautivos;
allí rostros expresivos,
allí como una áurea lluvia
una cabellera rubia;
allí el ardor y la gracia,
y las siervas de Circasia
con las esclavas de Nubia.
VIII
Unas bellas adornadas
con diademas en las frentes,
con riquísimas pendientes
y valiosas arracadas;
otras con telas preciadas
cubriendo su morbidez;
y otras de marmórea tez,
bajas las frentes, y mudas,
completamente desnudas
en toda su esplendidez.
IX
En tan preciosa revista,
ve el Rey una linda persa
de ojos bellos y piel tersa,
que al verle baja la vista;
el alma del Rey conquista
con su semblante la hermosa;
y agitada y ruborosa
tiembla llena de temor
cuando el altivo Señor
le dice: Serás mi esposa.
X
Así fue. La joven bella
de tez blanca y negros ojos,
colmó los reales antojos
y el Rey se casó con ella.
¿Feliz dirás, tal estrella,
Emelina? No fue así:
no es feliz la Reina allí
la linda persa agraciada,
porque ella está enamorada
de Balzarad el rawí.
XI
Balzarad tiene en verdad
una guzla en la garganta,
guzla dúlcida que encanta
cuando canta Balzarad;
viole un día la beldad
y oyó cantar al rawí;
de sus labios de rubí
brotó un suspiro temblante...
Y Balzarad fue el amante
de la celestial hurí.
XII
Por eso es que triste se halla
siendo del monarca esposa
y el tiempo pasa quejosa
en una interior batalla.
Del Rey la cólera estalla
y así le dice una vez:
Mujer llena de doblez:
di si amas a otro, falaz.
Y entonces de ella en la faz
surgió vaga palidez.
XIII
Sí -le dijo-, es la verdad;
de mi destino es la ley:
yo no puedo amarte ¡Oh Rey!
porque adoro a Balzarad.
El Rey, en la intensidad,
de su ira, entonces, calló;
mudo, la espalda volvió;
mas se vía en su mirada
del odio la llamarada,
la venganza en que pensó.
XIV
Al otro día la hermosa
de parte de él recibió
una caja que la envió
de filigrana preciosa;
abrióla presto curiosa
y lanzó, fuera de sí,
un grito; que estaba allí
entre la caja guardada,
lívida y ensangrentada
la cabeza del rawí.
XV
En medio de su locura
y en lo horrible de su suerte,
avariciosa de muerte
ponzoñoso filtro apura.
Fue el Rey donde la hermosura:
y estaba allí la beldad
fría y siniestra, en verdad;
medio desnuda y ya muerta,
besando la horrible y yerta
cabeza de Balzarad.
XVI
El Rey se puso a pensar
en lo que la pasión es;
y poco tiempo después
el Rey se volvió a enfermar
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MARCHA TRIUNFAL
¡Ya viene el cortejo! ¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines, la espada se anuncia con vivo reflejo; ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines. Ya pasa debajo los arcos ornados de blancas Minervas y Martes, los arcos triunfales en donde las Famas erigen sus largas trompetas la gloria solemne de los estandartes, llevados por manos robustas de heroicos atletas. Se escucha el ruido que forman las armas de los caballeros, los frenos que mascan los fuertes caballos de guerra, los cascos que hieren la tierra y los timbaleros, que el paso acompasan con ritmos marciales. ¡Tal pasan los fieros guerreros debajo los arcos triunfales! Los claros clarines de pronto levantan sus sones, su canto sonoro, su cálido coro, que envuelve en su trueno de oro la augusta soberbia de los pabellones. Él dice la lucha, la herida venganza, las ásperas crines, los rudos penachos, la pica, la lanza, la sangre que riega de heroicos carmines la tierra; de negros mastines que azuza la muerte, que rige la guerra. Los áureos sonidos anuncian el advenimiento triunfal de la Gloria; dejando el picacho que guarda sus nidos, tendiendo sus alas enormes al viento, los cóndores llegan. ¡Llegó la victoria! Ya pasa el cortejo. Señala el abuelo los héroes al niño. Ved cómo la barba del viejo los bucles de oro circunda de armiño. Las bellas mujeres aprestan coronas de flores, y bajo los pórticos vense sus rostros de rosa; y la más hermosa sonríe al más fiero de los vencedores. ¡Honor al que trae cautiva la extraña bandera honor al herido y honor a los fieles soldados que muerte encontraron por mano extranjera! ¡Clarines! ¡Laureles! Los nobles espadas de tiempos gloriosos, desde sus panoplias saludan las nuevas coronas y lauros —las viejas espadas de los granaderos, más fuertes que osos, hermanos de aquellos lanceros que fueron centauros—. Las trompas guerreras resuenan: de voces los aires se llenan... —A aquellas antiguas espadas, a aquellos ilustres aceros, que encaman las glorias pasadas... Y al sol que hoy alumbra las nuevas victorias ganadas, y al héroe que guía su grupo de jóvenes fieros, al que ama la insignia del suelo materno, al que ha desafiado, ceñido el acero y el arma en la mano, los soles del rojo verano, las nieves y vientos del gélido invierno, la noche, la escarcha y el odio y la muerte, por ser por la patria inmortal, ¡saludan con voces de bronce las trompas de guerra que tocan la marcha triunfal!... |
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